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	<title>Autorneto &#187; vida relajada</title>
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		<title>Las aventuras de Bruno</title>
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		<pubDate>Sun, 12 Jul 2009 08:41:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator><a target="_blank" href="http://www.triond.com/users/Hijodelfuego">Hijodelfuego</a></dc:creator>
				<category><![CDATA[Novela]]></category>
		<category><![CDATA[esclavitud]]></category>
		<category><![CDATA[sexo]]></category>
		<category><![CDATA[vida relajada]]></category>

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		<description><![CDATA[Los hijos del fuego 6. La vida de Bruno en Egipto. Su expedición al Sur. Es hecho prisionero y vendido como esclavo sexual.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Bruno no estaba seguro. Aquello no parec&iacute;a ser un espejismo. Sin embargo no pod&iacute;a creer lo que sus ojos estaban viendo. Ese impresionante lugar pod&iacute;a estar all&iacute;, en medio del desierto, solamente si tanto tiempo de exposici&oacute;n al sol hubiera afectado sus facultades mentales. Era un oasis inmenso, cubierto por una exuberante floresta de &aacute;rboles con hojas anchas de un intenso verde que cubr&iacute;an de sombra fresca todo el lugar. Sus frutos de color rojo eran extraordinariamente abundantes, pod&iacute;an contarse por cientos en cada planta. Un vergel de arbustos poblados de flores azules, blancas y amarillas rodeaba la plaza siguiendo la l&iacute;nea de la muralla. &Eacute;sta era de altura irregular y resultaba invisible del lado exterior porque el viento hab&iacute;a acumulado contra ella gran cantidad de arena, mimetiz&aacute;ndola con las dunas.</p>
<p>El conductor de la caravana conversaba con una hermosa mujer que vest&iacute;a una t&uacute;nica blanca inmaculada y refulgente. Ella le entreg&oacute; una peque&ntilde;a bolsa, de las que se usaban para llevar el dinero. Uno de los beduinos se acerc&oacute; al mercader y lo desat&oacute; para que bajara del caballo. Apenas lo hubo hecho, la mujer se acerc&oacute; a los pe&ntilde;ascos y pronunci&oacute; las palabras m&aacute;gicas que abrieron el paso a trav&eacute;s del promontorio para que los bandoleros y sus cabalgaduras se retiraran. Las rocas iban volviendo a su lugar no bien terminaba de pasar el &uacute;ltimo jinete.</p>
<p>Bruno acababa de ser vendido como esclavo a una mujer que le hablaba en un idioma que no conoc&iacute;a. Sin embargo, las palabras llegaban a su mente de una manera fluida y comprensible. Supo as&iacute; que estaba frente a la &ldquo;octetafera&rdquo; Pigritia III, reina de una naci&oacute;n de mujeres en la que los hombres eran sometidos y trabajaban para ellas. Esta situaci&oacute;n le result&oacute; preferible a la que hab&iacute;a experimentado horas antes, cuando estuvo a punto de ser muerto por los beduinos que lo asaltaron.</p>
<p>Termin&oacute; de tranquilizarlo la sonrisa de la reina y las otras mujeres que lo miraban de manera amigable. En el lugar la temperatura era fresca y el perfume de las flores lo hac&iacute;a muy grato a los sentidos. Los hombres que estaban ocupados en recolectar frutas parec&iacute;an felices de su trabajo. Un hombre arrancaba las frutas del &aacute;rbol y otro sosten&iacute;a una canasta donde la depositaba sin golpearlas. Las mujeres jugaban y re&iacute;an paseando entre los &aacute;rboles o a la orillas de un peque&ntilde;o lago donde algunas se ba&ntilde;aban desnudas. Un grupo de ellas arrancaban notas melodiosas a sus la&uacute;des, ejecutando la m&uacute;sica suave que flotaba en todo el sitio.</p>
<p>Los bandoleros que lo hab&iacute;an capturado eran asaltantes de caravanas. Fue in&uacute;til la resistencia de los hombres contratados para la expedici&oacute;n. Los bandidos eran expertos en el manejo de las armas y pronto acabaron mat&aacute;ndolos a todos. Se apoderaron de sus caballos y de todo lo que pose&iacute;an&nbsp;</p>
<p>Tal vez su vestimenta distinta a la de sus hombres o sus&nbsp; rasgos europeos hicieron que los beduinos vieran la posibilidad de obtener una mejor ganancia dej&aacute;ndolo con vida.</p>
<p>Herido, lo ataron sobre un caballo y cuatro hombres se apartaron del grupo comandados por uno de ellos, llevando al mercader e intern&aacute;ndose en el desierto. El prisionero trataba de pensar r&aacute;pidamente buscando referencias para planear la hu&iacute;da, pero las grandes olas de ese mar amarillo no le ofrec&iacute;an ninguna. Se dispuso a morir disecado por el sol abrasador y el calor que sub&iacute;a de la fina arena con distintas formas de vapores fantasmag&oacute;ricos.</p>
<p>Renaci&oacute; su esperanza al notar que no montaban camellos. Seguramente conocer&iacute;an alg&uacute;n lugar no muy distante donde abrevar los caballos y descansar a la sombra, pero s&oacute;lo ellos sabr&iacute;an donde estaba porque nada semejante a un &aacute;rbol se ve&iacute;a, ni a&uacute;n a la distancia. Solamente un promontorio de rocas aparec&iacute;a delante de ellos, donde la arena hac&iacute;a l&iacute;mite con el cielo azul, l&iacute;mpido de nubes.</p>
<p>Al llegar al promontorio, el conductor detuvo la marcha y se dirigi&oacute; a las piedras gritando palabras misteriosas. Un pe&ntilde;asco se movi&oacute; y luego otro y otro m&aacute;s, dando lugar a un desfiladero por el que se intern&oacute; el grupo. Avanzaron entre rocas amenazantes que formaban una pared de la cual se desprend&iacute;a alguna piedra cayendo con estr&eacute;pito sobre el paso que termin&oacute; desembocando en el espl&eacute;ndido oasis donde hab&iacute;a sido vendido.</p>
<p>Bruno cre&iacute;a haber llegado al para&iacute;so. Su mente se abr&iacute;a a una nueva dimensi&oacute;n donde no eran necesarias las palabras para comunicarse. La sensaci&oacute;n de bienestar era total. Su cuerpo no sent&iacute;a dolor ni cansancio alguno a&uacute;n despu&eacute;s de haber estado trabajando en la recolecci&oacute;n de las frutas durante horas, siguiendo las indicaciones que recib&iacute;a su mente. Se sent&iacute;a feliz de su nuevo estado de esclavo, asumido y despreocupado.</p>
<p>Pronto entendi&oacute; que all&iacute; se viv&iacute;a al aire libre ya que no exist&iacute;an construcciones de ninguna especie. Ni chozas ni palacios, s&oacute;lo el cobijo de los &aacute;rboles que adem&aacute;s de proporcionarles comida eran sus moradas. Finalizada la cosecha, al igual que los dem&aacute;s se recost&oacute; debajo de un &aacute;rbol y comi&oacute; frutas. La sensaci&oacute;n de bienestar se transform&oacute; en una beat&iacute;fica laxitud que fue pasando a un estado de somnolencia.</p>
<p>Una mujer lo sorprendi&oacute; acost&aacute;ndose a su lado, ofreci&eacute;ndole sus labios y cubri&eacute;ndolo de caricias hasta lograr unirse carnalmente con &eacute;l. Debi&oacute; recurrir a su experiencia de amante parisino y&nbsp; unirla a la exuberante fogosidad de su sangre italiana para poder saciar la exigencia de la mujer en repetidos orgasmos. Finalmente pudo descansar algunas horas al llegar la madrugada. El concierto de suspiros y quejidos que proven&iacute;a de los otros &aacute;rboles indicaba que toda la comunidad estaba ocupada en las mismas tareas.</p>
<p>En la ma&ntilde;ana repuso sus fuerzas aliment&aacute;ndose con m&aacute;s frutas y volvi&oacute; a su trabajo de recolector. Despu&eacute;s de haber llenado varias canastas en largas horas dedicado a su tarea, la oscuridad devor&oacute; la luz del atardecer y lo encontr&oacute; recostado bajo el mismo &aacute;rbol pero con una mujer distinta. Ellas rotaban en la elecci&oacute;n del esclavo a su antojo, sin celos ni peleas. Bruno comenzaba a aceptar las desventuras pasadas e incluso su cautiverio con resignaci&oacute;n, casi satisfecho de las fatalidades que la providencia hab&iacute;a puesto en su camino.</p>
<p>Hab&iacute;a embarcado en Venecia en una vieja galera acompa&ntilde;ando el&nbsp;&nbsp; cargamento de lana que pensaba vender en Egipto. El capit&aacute;n le hab&iacute;a asegurado que llegar&iacute;an a destino aunque el aspecto de las velas y los m&aacute;stiles no infund&iacute;an confianza.</p>
<p>El maderamen de la desvencijada embarcaci&oacute;n parec&iacute;a querer deshacerse con los embates de las olas, a&uacute;n cuando no eran muy grandes. Al llegar al J&oacute;nico se mantuvieron cercanos a las costas griegas y de esa manera protegidos de posibles borrascas en mar abierto.</p>
<p>Distinta fue la situaci&oacute;n al dejar atr&aacute;s la isla de Creta e internarse en el Mar Mediterr&aacute;neo para cruzarlo en l&iacute;nea recta hacia Alejandr&iacute;a. La embarcaci&oacute;n se sacud&iacute;a y parec&iacute;a ser llevada sin direcci&oacute;n, como una c&aacute;scara de nuez. Ya no le preocupaba el rezongo de los palos, tem&iacute;a que se rompiera la tela de las velas extraordinariamente henchidas por el viento huracanado. Las gigantescas olas hac&iacute;an imposible permanecer en cubierta con el peligro de ser arrojado al mar.</p>
<p>Cuatro veces encomend&oacute; su alma a Dios durante el trayecto, seguro de morir. Sin embargo el ducho capit&aacute;n consigui&oacute; fondear en el puerto de Alejandr&iacute;a un d&iacute;a antes del previsto para la llegada.</p>
<p>All&iacute; vendi&oacute; r&aacute;pidamente su mercanc&iacute;a a los clientes que lo esperaban y luego quiso conocer una nueva ciudad que estaba surgiendo sobre las ruinas de la antigua Menfis. Los &aacute;rabes la llamaban Al Qahira, nombre que los europeos hab&iacute;an cambiado por&nbsp; El Cairo. Sab&iacute;a que all&iacute; se estaba construyendo un lugar para que los mercaderes expusieran sus productos y le interesaba aumentar sus negocios en una ciudad que ser&iacute;a la puerta de entrada a las desconocidas tierras africanas que llamaban las&nbsp; Regiones Meridionales Inferiores.</p>
<p>Sediento de experiencias y conocimientos se relacion&oacute; con los c&iacute;rculos de sabios y maestros del mundo musulm&aacute;n con el prop&oacute;sito de conocer su cultura. Buscaba abrir su mente a nuevas ideas no dictadas por monjes ni cl&eacute;rigos, aunque las sab&iacute;a combatidas por occidente.&nbsp; Se alist&oacute; como alumno de la universidad de El Cairo y durante tres a&ntilde;os recibi&oacute; las ense&ntilde;anzas del famoso m&eacute;dico y te&oacute;logo jud&iacute;o Maim&oacute;nides.</p>
<p>Su esp&iacute;ritu aventurero lo empuj&oacute; despu&eacute;s a organizar una expedici&oacute;n e internarse hacia el Sur, convencido que el mundo no terminaba en un v&oacute;rtice. Hab&iacute;a escuchado decir que m&aacute;s all&aacute; del desierto exist&iacute;an tierras f&eacute;rtiles ocupadas por hombres desnudos, de gran estatura y muy feroces, con el cuerpo totalmente negro.</p>
<p>&nbsp;Cohabitaban con dragones voladores que vomitaban fuego y eran sus aliados para combatir a los gigantescos ogros y c&iacute;clopes. &Eacute;stos eran ayudados por unicornios capaces de derribar una monta&ntilde;a con el empuje de su cuerno y salamandras que escup&iacute;an veneno. Tambi&eacute;n exist&iacute;an seres con poderes sobrenaturales, eran h&iacute;bridos con cuerpo humano y alas de murci&eacute;lago que les permit&iacute;an volar de &aacute;rbol en &aacute;rbol para atacar a sus v&iacute;ctimas desde la altura o transformarse en enormes basiliscos que se deslizaban silenciosamente entre la frondosa vegetaci&oacute;n para enroscarse alrededor del cuerpo de su enemigo con tal fuerza que les provocaba el estallido del coraz&oacute;n y los ojos.</p>
<p>La posibilidad de tener que enfrentar tales peligros no fue suficiente para frenar su esp&iacute;ritu aventurero que lo impulsaba a internarse por esas rutas; cuanto m&aacute;s ignotas mejor ser&iacute;a el provecho que podr&iacute;a obtener de lo que encontrara en ellas, seguramente de mayor valor y trascendencia que lo que otros tra&iacute;an de las tierras de oriente.</p>
<p>Continuar&aacute;&#8230;</p>
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