La difusión de la noticia fue rápida. Miles de personas se congregaron en las puertas del teatro, donde entorpecieron todas las labores de rescate.
En Suiza corrió la voz que decía que los causantes del mal eran los judíos porque habían envenenado las aguas.
Muchos parientes se abandonaron, así como padres a hijos o esposos a esposas, y hasta los religiosos se negaron, en muchas ocasiones, a administrar las últimas atenciones a los moribundos.