El sonido del silencio, fuerte y claro para quien lo sabe escuchar.
Alguna vez de niño estuve en un silencio tan hondo que casi podía oír el sonido que provocaba. No he vuelto a percibir ese sonido tan particular semejante a un agudo zumbido, pero mis momentos de aislamiento me hacen evocar esa sensación iniciada por aquel silencio magnánimo, profundo y difícil de explicar.
Muchos creerán que soledad y silencio son palabras en común. Yo era uno de aquellos. Mi vida no es solitaria en absoluto, tal vez por eso he aprendido a valorar los momentos de calma y sosiego, buscando en vano el silencio incondicional. Ingenuamente, viviendo en la gran ciudad es algo difícil de lograr.
Es extraño cómo a cierta edad uno empieza a indagar y a sentir curiosidad por experimentar sensaciones tan simples como el silencio. Tal vez sólo buscamos paz y poder encontrarnos con la esencia de uno mismo. No suelo forzar mi mente para hallar esa serenidad; sencillamente, trato de desconectarme de ese escenario llamado “vida cotidiana”.
Luchamos y vivimos precipitadamente, impacientándonos por alcanzar metas materiales, llenando así nuestra vida de ruido. Nos olvidamos de sentir y percibir. El silencio para mí no es sólo paz y quietud, es oportunidad para la mente y el espíritu de alcanzar otro tipo de metas más apreciables y vivificantes. ¿Cómo lo logramos? Simplemente valorando el tiempo y las cosas simples que siempre existen y están ahí, merezcámoslas o no.