Una de las formas como se logran los grandes avances científicos es estudiando las situaciones, las circunstancias y los sucesos que constituyen la excepción a la forma como suelen suceder las cosas.
Pensamos que estos mismos principios son válidos para el envejecimiento humano. Si miramos la historia reciente, vemos que el promedio de la esperanza de vida ha cambiado ostensiblemente. El promedio de vida de un ser humano durante el Imperio Romano era de veintiocho años. El promedio de vida de un ser humano nacido en el mundo occidental a principios del siglo veinte era de cuarenta y nueve años. Aunque en el pasado la elevada tasa de mortalidad infantil influía sobre la esperanza de vida, el segmento de mayor crecimiento de la población estadounidense en la actualidad es el de las personas mayores de noventa años.
La esperanza de vida de una niña nacida en los Estados Unidos hoy es un poco menos de ochenta años; un niño varón tiene una esperanza de vida de casi setenta y cuatro años. En la historia ha habido muchas personas que han vivido hasta edades muy avanzadas y han hecho contribuciones de gran importancia para la civilización. Leonardo da Vinci dibujaba bosquejos a los sesenta años.
León Tolstoi escribía novelas a los setenta y Miguel Ángel continuaba esculpiendo a los ochenta. Winston Churchill, con su amor por los cigarros y el escocés, permaneció activo y productivo hasta su muerte a los noventa años. A medida que nuestra conciencia colectiva acoja la creencia de que podemos tener la biología de la juventud unida a la sabiduría de la experiencia, ésa será la realidad generalizada.