Una de las formas como se logran los grandes avances científicos es estudiando las situaciones, las circunstancias y los sucesos que constituyen la excepción a la forma como suelen suceder las cosas.
Estos sucesos se llaman a veces anomalías o excepciones a la regla. La mayoría de los científicos hacen caso omiso de las anomalías, cuando en realidad son éstas las que deberíamos estudiar. Si algo rompe la regla, sin importar lo que sea, sin importar cuán infrecuente sea, sin importar cuán remota la probabilidad, significa el nacimiento de una nueva posibilidad. Y si aparece una posibilidad nueva, necesariamente debe haber un mecanismo. Aunque solamente una persona entre diez millones se cure de un cáncer o de SIDA, debemos prestar atención. La mayoría de los científicos tienden a no prestar atención a sucesos poco frecuentes que no dejan huella sobre la visión prevaleciente del mundo. Pueden descartar una anomalía con el argumento de que es tan rara —una en diez millones— que no tiene objeto investigarla.
El punto es que no importa si algo sucede una sola vez en diez millones, porque si ha sucedido, aunque sea esa única vez, debe existir un mecanismo que lo explique. Y si hay un mecanismo, como científicos debemos tratar de conocerlo porque, una vez que lo comprendamos, quizás podamos reproducir el fenómeno.
Galileo, Copérnico, Newton y Einstein son ejemplos de científicos que cuestionaron los
supuestos prevalecientes en su época y ampliaron su visión para abarcar fenómenos que antes nadie había tomado en cuenta. Éstos y otros científicos notables prestaron atención a las anomalías y trataron de comprender el mecanismo que las explicaba. Cuando algo no encaja dentro del paradigma, no encaja dentro de los patrones, no encaja dentro de la teoría, nos obliga a cuestionar el modelo que estamos utilizando. Nos mueve a ampliar o cambiar la teoría para incorporar la situación excepcional.
Un buen ejemplo de esto es el de un amigo nuestro a quien le diagnosticaron SIDA hace más de quince años. Estaba al borde de la muerte cuando optó por cambiar su vida. Comenzó a meditar, a consumir una dieta sana y se comprometió a eliminar las toxinas de su vida. Quince años después se siente perfectamente bien y tiene apenas unos niveles imperceptibles del VIH en la sangre. Cuando lo conocimos era una anomalía, pero ahora conocemos a muchos como él. Nuestra teoría de la conciencia predice que si logramos una masa crítica de personas que comparten una misma experiencia, ésta será verdad para todo el mundo.