Una tarde en la ciudad de Buenos Aires en los tiempos de la gripe porcina…
Para los argentinos que quisimos cumplir a rajatabla los consejos del Ministerio de Salud de mi país realmente las inclemencias del tiempo no nos dan tregua. Hoy le preguntaba a mi mamá: ¿Qué hago, voy a oxigenarme los pulmones a la plaza con esta ola de frío o me quedo aislada en casa para no contagiarme de gripe porcina?
Ni una cosa ni otra, me respondió… ¡Ni salir a oxigenarte los pulmones con aire polar ni a quedarte encerrada inspirando dióxido de carbono de las estufas! “¡Ay, qué tedio, estos días son cada vez más largos!”, pensé. Y tratando de seguir los consejos de mi madre abrí las ventanas de mi cuarto para ventilar el ambiente y entonces evitar que se aloje el virus de la influenza.
Al cabo de un rato, comencé a sentir un leve dolor de garganta que me hizo pensar lo peor: ¿tendré el virus del chancho? Así fue que llamamos a nuestro médico de cabecera, quien vino a nuestra casa a constatar si se trataba de la enfermedad o no. “¿Y, doctor? ¿Tengo la gripe porcina?”, le pregunté con temor. “No mi querida, lo que usted tiene son psicosíntomas” “¿Qué?”, le pregunté. “Es decir, lo que usted tiene es miedo que es lo peor que puede tener porque así logra que se bajen sus defensas y realmente esté en riesgo de contraer la enfermedad”.
Y así pues fue mi relación con la gripe porcina en la Argentina y más que recurrir al doctor tuve que recurrir a mi psicólogo ya que descubrí que mi fobia a la gripe quizá ni siquiera estuviera en los tratados de medicina sino en los tratados de Freud…
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