Nunca sabemos con certeza dónde estuvimos cuando nos despertamos, pero las confusas imágenes de hechos pasados nos persiguen, con insistencia, sin pausa.
Los primeros instantes después de despertarnos son determinantes para recomponer detalles de las escenas donde se centralizan nuestros recuerdos. Las imágenes son confusas, en algunos casos y muy precisas en otros, sucesos insólitos, travesías interminables, enigmas.
Episodios del pasados desfilan ante nosotros en eterna procesión, recreando tiempos, blancas estelas llevan nuestros pasos al más allá. Imágenes veladas, rostros, afectos, emociones aparecen y desaparecen transcurriendo de prisa.
Aun con la ropa de cama tratamos de atrapar las agradables fragancias de un día de primavera en lugares soñados. Con una tierna sonrisa dibujada en el rostro recordamos los maravillosos juegos de la infancia, si nos incorporamos bruscamente nos deshacemos de una peligrosa situación que nos acechaba, lugares placenteros, donde somos atraídos de modo inexorable y experimentamos el gozo de recorrerlos y reencontrarlos.
Letargo y pesadez es el reflejo del esfuerzo sobrehumano que desplegamos al defendernos de aquellas criaturas fabulosas por las que fuimos atacados y la aguda sofocación causada por la caída a un interminable precipicio. Caballos alados, viajes, duendes. Ecos de palabras llevadas por el viento, figuras transparentes, encantamientos.
Suburbios animados que emergen, de la nada nos atraen, alegorías, remansos.
Trampas que nos envuelven al desandar los caminos. Los sueños son el símbolo de la huida de nuestra alma errante e inquieta detrás de un espejismo, escapando de la repugnante realidad que nos agobia.
El lecho donde descansa nuestro cuerpo es un refugio ocasional, nuestra mente traspone y elude todas las murallas previstas, para aventurarse noche tras noche en sucesos desconocidos ocultos en nosotros mismos. Concediéndonos la dicha de ser valientes protagonistas de inolvidables historias que nos obligan a preguntarnos cada día, adonde pase la noche?