La bondad de Dios y el comportamiento humano con respecto a los mandamientos.
Tres hermanos dedicados a Jésus leyeron en el Evangelio que cada hombre recibirá siempre, de acuerdo con sus obras, y prometieron cumplir las lecciones del Maestro.
El primero se colocó en la industria del hilo de algodón y, de tal modo se aplicó al servicio que, en breve tiepo, pasó a la condición de interesado en las ganancias administrativas. Al cabo de 25 años, era el jefe de la organización y adquirió titulos de verdadero benefactor del pueblo. Ganaba dinero con inmensa facilidad y socorría a infortunados y sufrientes. Dividía el trabajo equitativamente y distribuñia los lucros con justicia y bondad.
El segundo estudió mucho tiempo y se hizo juez famoso. Aunque gozase del respeto y de la estima de sus contemporáneos, jamás olvidó los compromisos que asumiera delante del Evangelio. Defendió a los humildes, auxilió a los pobres y liberó a muchos prisioneros perseguidos por la maldad. De juez se tornó legislador y cooperó en la confeccióm de leyes benéficas y edificantes. Vivió siempre honrado, rico, feliz, correcto y digno.
El tercero, sin embargo, era paralítico. No podía usar la inteligencia con facilidad. No podría comandar una fábrica, ni dominar un tribunal. Tenía las piernas secas. El lecho era su residencia. No obstante, recordó que podía hacer un servicio de oración y comenzó la tarea por la humilde mujer que le hacía la limpieza doméstica.
La vió triste y llena de lágrimas y trató de conocer su tristeza con discreción y fraternidad. La confortó con ternura de hermano. La invitó a orar y pidió para ella las bendiciones divinas.
Bastó esto, y, enseguida, traídos por la servidora reconocida, otros sufrientes venían a rogarle el concurso de la oración. El sencillo aposento se llenó de necesitados. Oraba en compañia de todos, les ofrecía la sonrisa de confianza en la bondad celeste. Comentaba los beneficios del dolor, exponía sus esperanzas en el Reino Divino. Daba de sí mismo, gastando emociones y energías en el santo servicio del bien. Escribía innumerables cartas, consolando viudas y huérfanos, enfermos y desafortunados, insuflándoles paz y coraje. Comía poco y reposaba menos. Tanto sufrió con los dolores ajenos que llegó a olvidarse de sí mismo, y tanto trabajó que perdió el don de la vista. Ciego, de todas maneras, no quedó solo. Prosiguió colaborando con los que sufrían, a través de la oración, ayudándolos cada vez más.