Cuando escribimos, siempre lo hacemos para que alguien lo lea. Esto parece muy obvio. Sin embargo, no todos los que escriben consideran seriamente este asunto central al trabajar un texto.
Cuando escribimos, siempre lo hacemos para que alguien lo lea. Esto parece muy obvio. Sin embargo, no todos los que escriben consideran seriamente este asunto central al trabajar un texto.
Desde el momento en que empezamos a considerar al lector, dejamos de escribir solos. Lo hacemos acompañados por su presencia imaginaria. Cuando lo tenemos en cuenta durante ese acto, y aunque nos cueste admitirlo, el otro también escoge con nosotros las palabras. No decimos de la misma manera el mismo hecho o idea a dos personas de diferentes niveles de captación. Con algunos tenemos muchos códigos en común; pocas palabras, precisas, muy cercanas, bastan para transmitirles lo que deseamos. Con otros tenemos menos códigos en común y necesitamos emplear más palabras, o palabras que recojan más el sentido que ellos les dan, o un sentido más amplio.
De hecho, aunque no pensemos en nadie en particular mientras escribimos, y aunque finalmente nadie nos lea, siempre tenemos un interlocutor imaginario. La maestra que leía nuestras primeras composiciones, nuestra madre que nos ayudaba, un amigo a quien le pedimos que opine sobre algo que escribimos, el jefe que recibirá nuestro informe, el lector-tipo del medio donde deseamos publicar, el escritor que admiramos… Una voz interna actúa como conciencia crítica.
La misma propuesta de escribir para alguien puede ser considerada desde dos perspectivas; como una concesión a la libre expresión del autor o como una inclusión del lector. La primera es limitativa, cierra posibilidades de diálogo; la segunda, nutre, enriquece la comunicación, hace que el lector se sienta expresado por el autor.
Muchas personas se resisten a incorporar este concepto de inclusión mientras escriben. Lo entienden como una infidelidad para consigo mismos y para con lo que quieren expresar. Sostienen que escriben para quien quiera entenderlos. Ese punto de partida no siempre funciona; la mayoría de las veces, cuando no tenemos en claro para quién escribimos, terminamos escribiendo para nosotros mismos.
Se dice que alguien “escribe para sí mismo” cuando el texto es entendido por él y por nadie más, cuando las frases escritas no representan al lector todo lo que el autor quiso comunicar a través de ellas; cuando, por más esfuerzo que realiza, el lector no logra “entrar” en el texto; cuando la lectura se vuelve difícil, o cuando percibimos que el autor habla de algo que sólo él -y sus pares- comprenden.
buen post