Cuando escribimos, siempre lo hacemos para que alguien lo lea. Esto parece muy obvio. Sin embargo, no todos los que escriben consideran seriamente este asunto central al trabajar un texto.
Es cierto. Y crecen también el espacio existente entre el emisor y el receptor, y el temor a exponernos; precisamente esto es lo que a veces nos impide expresar por escrito lo que pensamos.
Antes que Aristóteles (siglo IV a.C.) la oficialice en su célebre tratado, los griegos ya han encontrado una solución: la retórica. A partir de ahí, con el pretexto de “decir bien y al alcance de todos”, la retórica se desarrolla como la técnica más elegante para quitar a las palabras su poder de exaltación. Las convierte en meros instrumentos –frías, previsibles, pragmáticas- para comunicar sin arriesgar a ser malinterpretados. Hasta el romanticismo, el adjetivo “retórico” tiene como acepción: “estilo ampuloso, altisonante y pedante de quien se esfuerza en usar palabras con molesta exactitud, otorgándole más importancia que a las ideas mismas”. Así, en determinadas situaciones, mediante determinadas palabras, emitimos hacia fuera mensajes diferentes de los que nos resuenan por dentro mientras pronunciamos esas mismas palabras. Hay palabras, expresiones, frases, que siempre quedan bien y establecen una barrera entre los afectos que puedan movilizarse entre dos personas a través del lenguaje.
En estos tiempos hay una revalorización de la retórica como reflexión sistemática sobre el discurso, que incluye al lector (u oyente) con ánimo de llegar a él e influir en él.
Desde lo que las palabras simulan significar al ser pronunciadas o escritas hasta los malabarismos mentales que hacemos al escogerlas cuidadosamente, se extienden tramas muy sutiles, imperceptibles, que subordinan su modalidad expresiva al margen de veracidad que nos atrevemos a mostrar en cada caso. En este margen se inscriben los tres tipos de lenguajes descriptos en función del interlocutor.
Así:
Significados pertenecientes a estos tres niveles conviven en nuestros escritos y, como consecuencia, ante la preponderancia de alguno de ellos, muchas veces el lector siente: “Este texto que leo no es para mí”. Y deja de leernos. Si lo que queremos es precisamente que nos lean –llegar, comunicar- necesitamos encontrar una fórmula no-retórica, capaz de:
La progresión 1, 2 y 3 hace aquí una vuelta paradojal. Partimos del primer nivel (yo: el contacto con lo que percibimos), pasamos al tercero (él: la claridad, etc., para alcanzar el máximo de interlocutores) y llegamos al segundo (tú: la inclusión del lector). Sería 1-3-2.
Sin saberlo, o con vagas nociones de esta secuencia modificada, muchas personas logran escribir, expresar sus ideas, ser entendidas y que el lector sienta que sus textos están dirigidos a él.
Una vía para aprender a realizar este proceso consiste en desdoblar el lenguaje en cada uno de esos tres interlocutores básicos dentro de la expresión individual y observar cómo se articulan. No se trata de una tarea tendiente a obtener tres lenguajes de escritura distintos para escribir en primero, segundo o tercer nivel, sino de probar cómo funcionan, en cada nivel, las palabras que los componen. Una vez reconocida esta variabilidad de significados, podremos volver a reunir todas las posibilidades propias de cada lenguaje en un texto único enriquecido.
buen post