Por increíble que parezca, sucedió en Real de Gandía, Valencia (España).
El trabajador es Franns Rilles, un inmigrante sin papeles, al que una máquina de la panadería donde trabaja le arrancó un brazo mientras trabajaba.
Los dueños de la panadería, en cuanto se dieron cuenta del accidente, y por miedo a ser descubiertos por tener contratados a personal indocumentada, optaron primero por arrojar el miembro seccionado a la basura, para luego llevar al herido a unos doscientos metros del hospital de Gandía, dejándolo allí completamente a su triste suerte, debilitado por la pérdida de sangre a las afueras del centro médico para así emprender la huída.
Como Franns, todos los empleados de la panadería industrial son inmigrantes sin aún haber sido regulizada su situación en el país. Los tres empresarios se servían de este pretexto para en el mejor de los casos, pagarles 700 euros mensuales por turnos de doce horas, y en el peor, convencerles de hacerlo gratis en principio de cara a un futuro contrato laboral en cuanto obtuviesen el permiso de residencia y de trabajo.
Afortunadamente el herido está recuperándose de manera satisfactoria dentro de la gravedad en el hospital de Gandía.
Mientras, el sindicato CCOO ha presentado una denuncia ante la fiscalía por posible infracción de la normativa de prevención de riesgos laborales.
A día de hoy, la panadería permanece precintada por la Guardía Civil por las condiciones deficientes del local.
Me parece cruel e irresponsable la actuación de esos ciudadanos, ojalá que sean castigados con todo el peso de la ley, pues su comportamiento no solo es inhumano sino criminal.