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No hay que ser millonario

Qué hace falta para ser solidario.

Gastarse más de cinco mil millones de dólares en una campaña electoral. Eso sólo puede ser una realidad en la nación más poderosa del mundo. Y precisamente eso fue lo que se gastaron los candidatos estadounidenses Barack Obama y John McCain. Dinero que, sin lugar a dudas, podría ayudar a paliar el hambre en varios países de América Latina.

Claro, esta aseveración ya está bastante trillada, podría decir alguien, y es cierto; cada vez que nos damos cuenta de tales despilfarros, según nuestro punto de vista, lo primero que pensamos es en cómo esos fondos podrían haber sido utilizados para algo más digno y humano, que por ejemplo, dejarlo como herencia al loro, al gato o al perro.

Y es que cuando se tiene dinero a manos llenas, lo menos que puede venir a nuestra mente es usar aunque sea una pequeña parte de la fortuna para ayudar a los más necesitados. Y no tenemos que ser ricos o multimillonarios, porque siempre va a haber otros que estén en una situación más difícil que la nuestra.

“Es que a mí apenas me alcanza para comprar unos pocos panes cada día”, dirá alguien. Y otro le contesta, “yo no he podido en esta semana comprar siquiera un pan para mis hijos”. Para el que no tiene para comprar pan, el que sí lo tiene es como un millonario. Para el que sólo tiene una covacha hecha de láminas y cartón, el que tiene un cuarto de madera y techo de lámina es rico y dichoso.

Son ingratos e insensibles los que despilfarran el dinero en asuntos que sólo elevan su ego y admiración, pero también los que, estando en una mejor posición, no colaboran para ayudar al que más lo necesita. Y para eso no se necesita ser rico o millonario.

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