La piratería somalí está en el ojo del huracán de la política internacional y de los medios de masas. Sin embargo, el problema esconde un escándalo internacional con implicaciones medioambientales y sobre la seguridad alimentaria de las castigadas poblaciones de Somalia.
El Partido Verde Europeo puso de manifiesto que ya en 1992, las compañías Suiza Achair Partners e Italiana Progresso, negociaron con determinados señores de la guerra, arrojar basura tóxica en las costas del Cuerno de África, si bien ambas firmas han negado este extremo. La oportunidad desde entonces ha llevado a decenas de compañías de diferentes países a arrojar sin pedir permiso ni siquiera a las débiles e ilegítimas autoridades de los estados semi independientes, decenas de toneladas de residuos tóxicos incluído material radiactivo. La razón es evidente, se calcula que el coste por tonelada de residuo tóxico en Somalia es de entre 8$ para los vertidos negociados y 2,5$ para los vertidos gratuitos, mientras que hacerlo en un país con control y tratamiento científico de residuos tóxicos puede alcanzar los 1000$. El Tsunami de diciembre de 2004 puso de manifiesto este problema al remover las aguas cercanas a la costa y llevar hasta las playas de las humildes aldeas y pueblos, bidones con un veneno de largo recorrido de muerte, en ocasiones decenas de miles de años. Representantes del Programa de Naciones Unidas para el Medioambiente han venido señalando desde entonces que en Somalia se da una anormal concentración de hemorragias abdominales y problemas cutáneos en las poblaciones del norte del país, estos efectos son propios de una contaminación nuclear, se estima que cerca de 300 personas podrían haber fallecido por causa directa provocada por estos residuos, mientras que los efectos sobre la fauna marina no han sido aún evaluados. Según Ahmedou Ould-Abdallah enviado de Naciones Unidas para investigar este extremo, las evidencias muestran que se han venido arrojando toneladas de residuos tóxicos, metales pesados producto de desechos hospitalarios y residuos nucleares. Una tercera cuestión que pone de manifiesto esta situación es la posible implicación de la mafia italiana que es conocido controla un tercio del procesado de residuos y basuras en el país europeo, y podría estar involucrada en el vertido masivo de basura contaminante en el índico somalí.
Mientras tanto los hechos históricos siguen su curso, desde principios de 2007 en que el anterior gobierno de Abdulahi Yusuf Ahmed recuperara Mogadiscio, han fallecido en los diferentes enfrentamientos más de 16.000 civiles, más de un millón de personas se han visto desplazadas y tres millones dependen de los diferentes programas de ayuda alimentaria. En la presente batalla de Mogadiscio, tal vez la tercera y definitiva, se dirime si los somalís van a adoptar el modelo del islamismo radical por connivencia del actual gobierno islamista moderado de la Unión de Cortes Islámicas liderado por el jeque Sharif (Sheikh) Ahmed con los intereses espúreos de occidente y determinados países de Asia. Aunque la información veraz escasea, parece que todavía las milicias radicales atacantes de Al Sahab no cuentan con el apoyo mayoritario de la población somalí, lo cual es un alivio teniendo en cuenta los métodos y programa de estos últimos, más propios de los talibanes de Afghanistán que del culto y moderado islamismo tradicional somalí. A la luz de los actontecimientos es tiempo de que los países africanos vecinos, ya que la Unión Africana duerme el sueño del león, se den cuenta del peligro de que la inestabilidad somalí sea una excelente excusa para que las potencias mundiales propongan la recolonización de África. En refuerzo de este argumento están las declaraciones del portavoz de la OTAN, James Appathurai, quien ha afirmado estos días que hay que solucionar el agujero legal existente sobre qué hacer con los piratas de Somalia. El hecho es que la reforma legal que se propone sólo puede ir en la línea de subvertir la soberanía somalí porque tal y como está conformado el Derecho Internacional no hay otra forma de cumplir, como diría Lumumba, la voluntad del más fuerte disfrazada de Legalidad Internacional.