Capítulo 1.
El comandante es un personaje de ficción. No existe, no es. Permanece en esta realidad mientras esté en nuestra imaginación. No existe porque un personaje así no puede ser real.
Es comandante sin mayúscula porque su grandeza sólo está en su mente llena de pensamientos e ideas distorsionadas. Delirios de hombre grande que pretendió pertenecer al Olimpo sin merecerlo. Un héroe con espada de cartón sin hazaña que contar; un Rey Arturo con mesa cuadrada; un Sansón con peluca; un Jasón con vellocino de plástico.
Iremos conociendo estas crónicas del comandante desde la visión de sus últimos días. Desde allí conoceremos lo que fue su vida, lo que hizo con ella y con la de otros. La de aquellos sobre la cual no tenía derecho de hacer nada.
El comandante ya no puede comandar. De hecho nunca comandó pero eso lo constataremos más adelante en ese paseo por los vericuetos de su insanía. Se relamió con el poder. Se encabritó y dejó en el suelo al pueblo al que pertenecían las riendas del destino, del presente y del futuro; hombres y mujeres que confiaron en un personaje al que adornaron con laureles, al que le dieron poderes extraordinarios y le prestaron el mando de sus vidas por un rato para que hiciera lo mejor con ello.
El rato pasó. Nada pasó. Todo pasó. Al comandante le gustó el cetro de Rey, la vara de Moisés, el bastón de mando. No quiso retornar a sus dueños lo que nunca debió haber estado en sus manos. Manos de Midas devaluado, que todo lo convirtió en desecho.
El comandante no tiene patria porque las patrias son de los hombres de carne, alma y hueso. Las patrias pertenecen a aquellos que las aman y dan la vida por ellas. No hay país en estas crónicas del comandante porque no hay país que aguante a un personaje como este.
El comandante no tiene nombre. No tiene nombre porque es un personaje irreal. No tiene nombre porque no es y a lo que no es no se le pone nombre. No tiene nombre porque creyó que era Dios y Dios no tiene nombre. No tiene nombre porque se inventó como ser supremo, y el Supremo no puede tener nombre porque lo es todo. No tiene nombre porque es innombrable. Es y será, hasta que nuestra imaginación lo permita, simplemente, el comandante