En un país que se cae a pedazos, el único que puede hacer la diferencia eres tú.
Los mexicanos adoramos quejarnos de todo lo malo que sucede a nuestro alrededor, expresamos nuestro desagrado por los horribles acontecimientos que ocurren cada día. Es imposible que alguien no se sienta indignado por el número de personas que mueren cada día. Al despertar lo primero que escuchamos son malas noticias, durante nuestro día los chismes no se hacen esperar y al llegar de la jornada tenemos un resumen de todas las desgracias que pasaron.
Nos encanta buscar culpables, somos expertos en señalar con el dedo y encontrar chivos expiatorios. Estamos orgullosos de lo que hacemos, somos y creemos. No nos damos cuenta de que estamos cegados por una máscara de tres colores, una máscara de patriotismo infundado, religión impuesta y sumisión inconsciente.
Gritamos a todo pulmón nuestra independencia, a pesar de que somos esclavos de países ricos y franquicias multinacionales. Disparamos para celebrar una revolución casi centenaria, a pesar de que estemos desesperados por un cambio radical.
Le rezamos a nuestros padres divinos, suplicándoles que nos valla bien, que progresemos. Oramos esperando la solución a nuestros problemas. Queremos que todo se resuelva haciendo promesas y esperamos que todo nos caiga del cielo. Se nos olvida el esfuerzo que necesitamos hacer para obtener una recompensa. Aun así, después de vomitar espiritualidad y fe, salimos a la calle con los ojos aun vendados por un paliacate que lo único que esconde es a nosotros mismos. Cual promesa de político, las que hemos realizado en nombre de todo lo sagrado quedan en el pasado, y saliendo de la iglesia que nos acaba de regalar la paz en forma de excusas y perdón.
Si nos quitáramos la venda, puedo asegurar que sentiríamos un repudio atroz al ver nuestro reflejo en el espejo de la moral. Sí, nos hemos quejado por todo, pero de todos modos salimos a la calle y nos dedicamos a buscar nuestro propio beneficio. Mentamos madres conduciendo, pero arriesgamos vidas con nuestra completa ignorancia en seguridad vial. Lloramos por los que han muerto en las garras del plomo ardiente, pero probamos pastillas para experimentar. Exigimos empleos al gobierno, pero le damos nuestro dinero a piratas y contrabandistas. Nos aterrorizamos ante las epidemias pero olvidamos nuestros hábitos de higiene. Repudiamos la corrupción de día… de noche damos mordida.
La lista es interminable, y lamentablemente, somos nuestra propia perdición y desgracia. Mientras seamos ciegos y neguemos que la única causa de nuestra situación es nuestra actitud, no mejoraremos en ningún aspecto.
¡Es hora de despertar! ¡Quítate la mascara tricolor, sal al mundo orgulloso de tu raza y tu pueblo, pon tu nombre y el de tus semejantes en alto! ¡Demuestra que no necesitas excusas, que el trabajo duro y la honradez dan mejores frutos que la desidia y la corrupción!
Abre los ojos y, con la frente bien alta, siente orgullo del reflejo que te regala el espejo.
Estoy de acuerdo contigo