Mensaje corto para pensar y reflexionar.
Todos los países enfrentan situaciones difíciles, que muchas veces los colocan al borde del precipicio, y Guatemala, la nación más grande de América Central, no es la excepción. Pero esa llegada al borde no ha sido de un instante a otro, o de la noche a la mañana, se ha gestado a través de tantos años de rapiña de líderes que únicamente han llegado al poder, para enriquecerse y amañar a su antojo las leyes y hasta la constitución. Hoy por hoy la violencia, el narcotráfico, el crimen, se pasean, como dice el dicho, “como Juan por su casa”, sin que nadie sea capaz de frenar sus garras destructoras. Para completar el cuadro desolador, el presidente ha sido acusado de participar directamente, por acción o por omisión, de un asesinato.
Desde luego se ha desatado una crisis que amenaza dividir a los guatemaltecos desde el punto de vista económico, de ricos y pobres, y hasta de apariencia, el más blanco y el más oscuro. División que definitivamente la echaría por el precipicio de donde sería muy complicado salir.
Nadie es culpable hasta que no se pruebe lo contrario, dice la ley, y eso creo que lo entienden muy bien todos los guatemaltecos, pero cuando el líder principal de una nación, la cabeza en la que se ha confiado el destino del país, es quien intenta defenderse motivando la división, entonces nos damos cuenta que solamente va a ahondarse la situación. Por eso, lo más sabio, lo más inteligente, por el amor a la patria que dice tener, por el respeto a las instituciones e institucionalidad del país, el presidente debería aceptar su retiro temporal y permitir que se le demuestre la inocencia que reclama tener.
Y los guatemaltecos, también por ese amor que decimos tener por nuestra patria, deberíamos estar buscando la presencia de Dios, y en humildad pedirle misericordia para todos, porque muchas veces nos creemos mejores solo porque no asesinamos, no robamos, no violamos, no secuestramos, no somos como “esos diputados” o “esos funcionarios”; pero ante los ojos de El todos somos unos “desventurados, miserables, pobres, ciegos y desnudos” (Ap. 3:18) desde el punto de vista espiritual, es decir, lo necesitamos a El.
Y esto, creo, puede aplicarse a cualquier país del mundo, cada uno enfrentando sus propias crisis y problemas.