¿Premio o castigo?
Todos sabemos que llegamos aquí con un único destino… la nada. Tenemos fecha de vencimiento y eso creo que está bien. Pero comprendo y, creo que el resto de la humanidad tampoco, es la forma extraña que tiene de actuar la muerte.
Hoy, al ver los titulares de los diarios encontramos una breve pero impactante lista de fallecimientos. Uno espera que suceda, los diarios se vuelven amarillistas en estos tiempos y la muerte llega a vender mucho cuando la vida en las grandes urbes se debate en la televisión.
Lo curioso es que aquellas muertes se sucedieron en gentes que, nos gusten o no, no le han hecho mal a nadie, sino más bien colaborar para entretenerlos, educarlos, hacerles hervir la sangre o reflexionar sobre quien somos.
El primer titular hablaba de Fernando Peña, un tipo controvertido, creador de personajes únicos, muy pegados a los estilos criollos, capaces de discutir entre ellos (a veces 5 o 6 personajes a la vez) cada uno con una ideología, cultura o creencia propia. Este tipo tan controvertido desde sus espectáculos hasta sus entrevistas ha recalentado en los últimos 10 años a más de una vieja pacata y ha puesto colorado a más de dos progresistas. El estaba ahí, haciendo lo que le cantaba y pasándola lo mejor posible. Y a su modo, entreteniéndonos a todos, mientras el mundo menemista nos apretaba la garganta.
Un poco más abajo la figura un poco más escueta de José Ignacio García Hamilton, periodista e historiador. Pese a no concordar en política ni en literatura con su estilo, fue el único tipo capaz de poner en tela de juicio el origen de un icono de nuestra nación: José de San Martín. A partir de sus estudios y publicaciones resulta ser que el legendario prócer ya no sería tan Españolizado, sino más bien mestizo, hijo de una relación extra matrimonial entre un poderoso español y una amante de origen indio.
En este país, para los grupos de poder más pacatos es un pecado admitir que uno de los grandes nombres de nuestra patria finalmente tuviera sangre indígena… fue castigado, enjuiciado y hasta se intentó un estudio de ADN a los pobres huesos de San Martín para justificar sus argumentos. Pobre San Martín. Pobre Hamilton.