La soledad, la rutina, la incertidumbre del regreso, el corto fin de semana, la familia lejos. Breve, muy breve descripción del oficio de camionero desde dentro.
Los vemos cruzar campos y ciudades montados en sus enormes mastodontes de acero y aluminio y nos creemos que son los reyes del asfalto, y más de uno de ellos también.
Ésta, como la mayoría de las profesiones -por no decir todas- tiene que gustar. Y mucho: si no te gusta la carretera, el hacer kilómetro tras kilómetro sin saber la hora de vuelta a casa (o el día), mejor no te montes en un camión si no es para acompañar a algún pariente o amigo durante un par de días o tres.
Los vemos pasando por las autopistas, ahí arriba, sentados en su trono, envidiándoles la suerte de ver paisajes y lugares diversos con su habitual buen humor, aunque la procesión vaya por dentro.
A veces los vemos días enteros parados en algún bar de carretera o alguna gasolinera, y si no conoces algo del tema te crece la envidia, cuando mejor sería compadecernos de su soledad y mala suerte por no tener carga con la que regresar pronto a casa o por esa huelga de compañeros del país vecino que les impide continuar viaje. Y ahí les tienes, matando las horas como buenamente pueden.
Luego, al día siguiente o a la semana, vienen las prisas. Que están esperando la mercancía en tal o cual mercado que han quedado desabastecidos por la salvaje huelga de tus propios compañeros reclamando unas mejoras laborales, no siempre salariales. O han quedado las estanterías vacías por un cambio brusco de las temperaturas, ahora que se lleva tanto eso de El Niño. Y allá que van, dejando mujer e hijos en casa.
La vuelta siempre es esperanza. Esperanza del que regresa a casa sin saber para cuánto tiempo, porque el fin de semana se agota pronto y hay que salir de nuevo a la carretera, a seguir con la rutina, siempre que los mercados lo permitan. Y así semana tras semana. Viaje tras viaje.
Contemplando atardeceres, viendo amaneceres. Sufriendo resoles y nevadas. La mercancía tiene que llegar.
Las amas de casa, los dueños de los talleres, las factorías , todos esperan sus mercaderías.
El fin de semana pasa volando y no siempre concuerda con los días y las horas que nosotros reconocemos como tal.
La próxima vez que veas uno de estos mastodontes de colores chillones, o de discreto blanco, no es necesario que te apartes. Con que no le entorpezcas la marcha es suficiente. Él te ve y te protege.