La vida nos abre los ojos de manera extraña. Un encuentro con el pasado, un sentimiento con el presente.
De entre todos los niños él había elegido a la fea y muda. Nunca fui la favorita de nada ni nadie, nadie me elegía a mí. ¿Por qué yo? ¡Porque yo debí ser especial para él!
Mientras pensaba esto en el bus me dieron ganas de llorar. Pero no de pena. Sino de emoción, alegría y más que todo sentí orgullo de mí. Yo era importante para alguien, me sentí tan especial, tan importante…
Este planteamiento me llevó a entender todo lo que monsieur Oscar había significado para mí y por qué. Recordé que fue justo en cuarto básico cuando empecé a hablar y mis compañeros a notar mi existencia, incluso a opinar de mí. Hoy creo y entiendo que monsieur Oscar fue quien me dio un empujoncito. Me impulsó, indirectamente, a la marea de relaciones humanas y a conocerme a mí en ellas. Me dio seguridad y confianza, con tan poquito. Empecé a creer en mí, a sentir que existía y tenía mucho para dar. Fue un pequeño acto, sólo un comentario entre cafés de la sala de profesores, pero para mí un trampolín. Una fuerza.
Así iba paseando por los cajones del pasado, ordenando y recordando sentimientos y momentos de aquellos años, cuando todo se esclareció. Cuando al fin lo entendí. Seguir recordando a ese hombre con tanto cariño y respeto, conllevaba algo mucho más profundo que recién estaba viendo. Entendí que compararlo con mi papá no era una coincidencia. Él fue la figura paterna que no tuve de niña. Su comentario fue mucho más cariñoso y paternal que lo que mi padre nunca pudo decirme, no por falta de cariño sino por miedo, miedo a tantas cosas, que hoy entiendo más que nunca.
Ahora sí sentí fuerte las lágrimas y la garganta apretada. Lloré. Pero sólo yo lo sabía, porque ninguna lágrima logró escapar de mis húmedos ojos.
A sólo dos asientos está monsieur Oscar, podría acercármele, saludarlo y saber cómo le ha ido. Me moría de ganas de hacer eso. Sabía que le iba a dar gusto verme, y aunque no me reconocería al verme, seguro que sí si le decía mi nombre. Pensé que hasta orgullo sentiría de mí, en la mujer que me he convertido. Me emociona pensar que de cierta forma, él colaboró en eso. Él no sabe cuánto y nunca lo sabrá. No me paré, estuve una hora media a “su lado” y no hice nada.
Llegamos al Terminal. Fue el primero en levantarse. Lo miré hasta que se bajó, buscando fuerzas para levantarme y saludarlo. Pero me quedé ahí, estática, emocionada, aterrada y tan pequeña… mirando cómo se iba ese gran hombre, ese gran ejemplo que me había marcado para siempre, sin siquiera darme cuenta. No me atreví. Actué como tantos años lo hizo mi papá, incluso hasta hoy.
Hoy con este relato quiero mostrar “mi debilidad”, la misma que tuvo y tiene mi papá y que aunque me da rabia, también adquirí. Gracias monsieur Oscar por llenar ese vacío, gracias por elegirme y decirme, con un simple comentario, que me quería y que yo era especial y más gracias por lo que hoy me hizo ver. Soy como mi padre, fríos por fuera y débiles por dentro. Pero aquí no tengo miedo, quiero dejar mi coraza y decirte: papá, te quiero mucho y sé que tú también.