La vida nos abre los ojos de manera extraña. Un encuentro con el pasado, un sentimiento con el presente.
La Carmela en la gran ciudad. La verdad es que así me sentí ayer tratando de “encontrar el camino de vuelta a casa”, o el bus que me llevaría a ella desde la agitada y calurosa capital. Acalorada, desorientada y cansada caminaba buscando el Terminal, preguntando a cada buen samaritano una pista que me guiara.
Llegué (¡al fin!) al bus. Me acomodé en mi asiento, aunque molesta por el error de la vendedora de boletos que me dio, ante mis reiterados: “quiero asiento en la fila detrás del chofer”, un ticket en la fila paralela. Mientras me enojaba sola con ella, vi que un cabello grisáceo se asomaba del asiento de adelante. Unos pelos desordenados, firmes y gruesos. Me parecían familiares pero no busqué en la sección “recuerdos” de mi mente para hacer el match (pelos negruscos = persona x). Seguía imaginándome el diálogo con la señorita vendedora de boletos y su “eficiente” labor.
El diario titulaba la muerte de un joven actor canadiense, bastante famoso por sus roles en varias películas hollywoodenses. Parece que andaba distraída porque a pesar del enorme titular y foto nostálgica, no noté la noticia. En eso estaba “paviando”, hablando con todas mis yo, cuando las pelusas de enfrente comenzaron a moverse. La cabeza de esas chascas tenían un dueño que no era ajeno para mí. Por el contrario, había sido un hombre sumamente importante. Cuando lo vi, ahí delante torpemente guardando su bolso, sentí ternura, cariño, un calor como de hogar. Una sonrisa totalmente natural de gratificación se dibujaba en mi cara. Me sentí como una niña. Lo primero que pensé no fue muy inteligente: ¿Qué diría si me ve ahora? No podría creer que ese patito feo se convirtió en cisne (no es que tenga pinta de modelo, ni nada por el estilo, pero es que cuando pequeña era demasiado fea).
Tras mi vanidosa curiosidad, comenzó la máquina de ideas a concentrarse y empezar su hobby favorito: sobrecalentarse hasta encontrar una conclusión (lo que a veces tarda meses). Me pregunté por qué ese profesor de cuarto básico había sido tan importante en mi vida, por qué producía tan lindos e infantiles sentimientos. La respuesta más rápida a mi insistente e intrigada “yo” fue la que saltaba más obvia: yo fui su alumna favorita, la que prefería de entre todos sus alumnos; de treinta niños, él me vio a mí y me eligió. Lo supe porque otra profesora me lo confesó mientras trataba de enseñarme algo muy aburrido. Y ése fue una especie de cahuín que nunca olvide. ¿Pero por qué lo tenía grabado? ¿Por qué eso siempre me emocionó tanto? Y aunque sólo crucé un par de palabras con ese profesor (yo era sumamente tímida, casi autista) sentía un lazo especial desde que supe su “secreto”.