Un camino difícil.
Habiendo Dios habitado los océanos, diseminó en ello su conocimiento, su inteligencia, su poder y la semilla de la vida. Muchos de sus elementos quedaron en el agua dispersos, mismos que servirían después para crear el ciclo necesario para mantener la vida en la tierra, el ciclo del agua.
Dejó el océano paulatinamente, compartiendo el tiempo entre la tierra y los mares, desarrollando su forma de vivir para adaptarse al ambiente, y fue pues formando su figura a base de esfuerzo, voluntad y mucha paciencia, hasta ser semejante a sí mismo, o más bien, a sí misma.
He pues que la mujer, imagen de nuestro Dios, habitó la tierra y reinó lo que en ella habitaba. Imagen perfecta de la creación del universo, criatura divina y maravillosa.
Gobernó los principios de la vida, sembró el amor y el cariño, la armonía y la discliplina, más le hacía falta algo: compañía. Le hacía falta ese compañero como en los demás seres vivos, alguien con quien compartir su creación, el amor y todo lo demás. Sólo eso quería.
Platicó con la naturaleza y ésta comprendió, ‘busca dentro de los océanos una criatura, que al igual que tú, esté llena de los elementos que regaste y sea parecida a tí’. ” No quiero esperar tanto tiempo” – contestó la mujer – “Ahora que estoy aquí, he perdido uno de mis poderes más grandes, la paciencia”. Fue pues que la madre naturaleza buscó de entre tantos seres que existían en la tierra, buscó el más semejante en forma y aptitudes, al menos, el que más pronto pudiera evolucionar: el simio.
Había que esperar algunos miles de años, pero no tantos como los que ella misma tardó en evolucionar a lo que hoy es. Sabía que su pareja no sería igual que ella, habría que enseñarle muchas cosas, inculcarle le disciplina y la inteligencia, los valores y el conocimiento, despojarle de su lado salvaje y amansarle. Corría grandes riesgos, lo sabía, pero su amor fue más grande que cualquier temor. Tomó de su sangre y la depositó en el simio para que éste evolucionara como ella, sólo quedaba esperar.
Mientras, se dedicó junto con la madre naturaleza a formar parejas en todos los seres vivos, un diminuto gen contribuyó a ello. Así las nuevas parejas de especies se fueron extendiendo sobre la tierra, buscando el mejor lugar para vivir según sus características, para procrearse y multiplicarse, el amor así lo exigía.
Más no todo sería así, la evolución del simio elegido trajo consigo a el hombre, semejante a Dios, diferente de la mujer, una extraña mezcla de salvajísmo, fuerza y cierta nobleza, pero poca inteligencia. Supo entonces que le esperaban nuevos retos y cosas desconocidas, se prometió a sí misma atenderlo y cuidarlo, educarlo y protegerlo, amarlo y respetarlo, aunque sabía también que poco esperaría de él.
He así pues que la mujer, figura de Dios, ser noble e inteligente, fue la primera sobre la tierra, y que nosotros los hombres, llegamos después.
Ellas nos llevan ventaja, por mucho, y por más que hemos querido exterminarlas desde tiempos ancestrales, son ellas quienes poblarán la humanidad en los años venideros. Los pocos hombres que existan, sólo seremos un recurso de fuerza bruta, de compañía y de fuente de esperma para mantener la supervivencia del ser humano, el ser más complejo de la creación.
La creación se completó.