En todos los tiempos, el inmortal escritor norteamericano Ernest Hemingway ha sido un puente, una especie de embajador entre Cuba y los Estados Unidos de Norteamérica.
El actual Museo Ernest Hemingway se encuentra ubicado en el poblado de San Francisco de Paula, a quince kilómetros del centro de Ciudad de la Habana, sobre una colina bautizada como “Vigía” por servir de puesto de vigilancia del gobierno español durante la guerra de independencia cubana.
Son conocidas sus largas horas frente a su máquina Royal en dicha finca, de cuyos fructíferos años nacieran obras como “A través del río y entre los árboles”, “El Viejo y el mar”, “París era un fiesta” e “Islas en el Golfo”.
De la finca brotan mil historias: la compró al publicar “Por quien doblan las campanas” (reconocería el propio autor). Le costó 18.500 pesos cubanos y le pagó a un francés de apellido D’orn Duchamp, que se le había alquilado por un año.
Existe en la casa toda una imagen viril del Ernest, que acostumbraba cazar (como era costumbre en la primera mitad del siglo XX), por la exhibición de las cabezas de los trofeos; 9.000 libros, más de 57 gatos, otros 4 perros y una inmensa claridad de ventanales que junto a una frondosa vegetación muy cubana, lograron asir a este inmenso roble americano a la tierra cubana y su mar. Su última esposa, Mary Welsh, fue quien en verdad terminó por darle el aspecto que hoy tiene la casa y convirtió en un refugio del escritor a Finca Vigía, donde se reunía con amigos.
En inigualable identificación con la cultura y religión cubana, le otorga a la Virgen de la Caridad del Cobre, Patrona de Cuba, su medalla del premio Nobel de literatura conferido al escritor en 1954.
“… A veces se tiene la impresión de sentir al escritor deambulando por los cuartos con sus grandes zapatos de muerto”, expresaría Gabriel García Márquez.
Aún existe allí la famosa carabina austriaca Mannlicher Shönauer 256, que la viuda obsequiara a Fidel Castro, y las piezas de caza que en muchas ocasiones respaldan los temas de su obra.
Aquí conoció el sabor del aguacate, la piña y el mango al decir de Lisandro Otero, y vigorizó su extraordinaria mente con el clima cubano y su actividad deportiva. Expresaba que Cuba “lo llenaba de jugos”, que era su manera de decir que allí lo invadía una gran energía creativa.
“Yo siempre tuve suerte escribiendo en Cuba”, reconocería Hemingway, mas de seguro tuvo suerte Cuba de tenerlo escribiendo en sus entrañas. Que se preserve su inmenso legado es toda una deuda y una inmensa responsabilidad hecha realidad con ese inmortal escritor que, interpelado por la prensa norteamericana de la época que buscaba pronunciamientos sobre el naciente proceso cubano, no dudó en expresar: “La gente de honor creemos en la Revolución Cubana.”
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