El lugar simbólico que ha ocupado el trabajo a lo largo de las diferentes épocas de la humanidad, centrándose especialmente en las características que éste adquirió durante la modernidad y, específicamente, las transformaciones que han venido sucediéndose a partir de las últimas dos décadas del siglo pasado y los primero años de este siglo XXI.
Las relaciones sociales que se establecen en las sociedades en torno al mundo del trabajo a lo largo de las épocas, implica modos de relación entre individuo, sociedad y Estado, mecanismos de inclusión/exclusión, formas de violencia real y simbólica y ejercicio del poder que se actualizan en cada facticidad.
En la modernidad, bajo la égida del modo de producción capitalista, el trabajo se convirtió en el eje centralizador de la vida individual y colectiva. El lugar que el sujeto ocupa dentro de las relaciones sociales de producción lo ubica dentro de una sociedad jerárquicamente organizada, otorgándole un lugar real y simbólico dentro de ésta.
El trabajo es generador de identidad, entendida de manera dialógica como un proceso de reconocimiento mutuo. La noción de reconocimiento es recogida por Honnet a partir de la fenomenología de la conciencia de Hegel. La relación de reconocimiento es constitutiva de la subjetividad, uno se convierte en sujeto en la medida que reconoce al otro como sujeto y es reconocido por éste.
El reconocimiento está dado por el lugar dentro del mundo del trabajo. El “paria”, siguiendo a Arendt, es el desempleado, el trabajador precario e informal que no encuentra lugar dentro del mercado de trabajo, situación considerada transitoria, de “excepción”, frente a la cual el Estado debía dar respuesta a través de planes de seguridad social, hasta lograr la reinserción, teniendo como horizonte colectivo el pleno empleo.
En los últimos años, la “excepción” pasó a ser la norma (Arendt) y los sujetos pasamos a ser “Homo Sacer” (Agamben). Las reivindicaciones por el reconocimiento lideran hoy la mayoría de los conflictos sociales en el mundo abarcando múltiples dimensiones y no sólo la del trabajo. La noción de representación es traída en la actualidad en torno al debate identidad-diferencia, revitalizándose en un capitalismo globalizado que acelera los contactos transculturales, fractura esquemas interpretativos, pluraliza los valores, politiza las identidades y las diferencias.
Fraser plantea que los movimientos suelen expresar hoy sus reivindicaciones en términos de reconocimiento y esto supone el declive de las reivindicaciones por una redistribución igualitaria. Una vez que la política del reconocimiento queda reducida al plano de la identidad, la política de la redistribución queda desplazada y supone que la redistribución desigual es un efecto de la falta de reconocimiento.
Esta tendencia generalizada, de dejar de lado la reivindicación re distributiva a favor de la lucha por el reconocimiento es más visible en los Europa occidental, Estados Unidos y Canadá quienes se encuentran más de lleno en la etapa pos industrial del modo de producción capitalista. En estas latitudes las reivindicaciones se mantiene más vinculadas a los aspectos de justicia re distributivas en términos de distribución igualitaria de riqueza y de poder.
De todos modos, e independiente del espacio geográfico, el planteo de Fraser quien propone que falta de reconocimiento debiera ser entendida como subordinaron de status tiene cabida a nivel planetario. El reconocimiento, es entonces, una cuestión de status social y la falta de reconocimiento no es por tanto un problema de desprecio o deformación de la identidad sino de subordinación social. Se trata, por tanto, de una relación institucionalizada de subordinación social que es perpetuada mediante modelos institucionalizados.
Remediar la falta de reconocimiento significa transformar las instituciones de forma tal que se promueva la participación igualitaria. La justicia social abarca, entonces, dos dimensiones analíticamente diferenciadas: una dimensión de reconocimiento que se refiera los efectos de la significaciones y las normas institucionalizadas sobre las posiciones relativas de los actores sociales y una dimensión distributiva que se refiera a la asignación de los recursos disponibles a los mismos.
Ambas categorías irreductibles para lograr la Justicia.