La mujer ha aspirado muy alto: ser atractiva, tener figura de “anuncio”, ser buena ama de casa, amante esposa, madre modelo y trabajadora fuera de casa en cargos de responsabilidad. ¿Estamos locas o de verdad creemos en los héroes de ficción? El ídolo de la “Super Mujer” está cayendo y surge la verdadera mujer.
Es sabido por todos que la mujer, a diferencia del hombre, se caracteriza por ser capaz de hacer varias cosas a la vez. Pero yo pienso, ¿no nos estamos pasando de la raya? Yo creía que esta característica se refería a ser capaz de preparar el café al tiempo que veo la tele, comento con mi marido alguna cosa, recuerdo a mi hijo que se lave los dientes, hablo por teléfono, abro la puerta, a la vez que me peino y apunto en la agenda que a las 12:00 tengo una reunión importante y que tengo que llamar a un cliente por la tarde.
La realidad es que tras años intentando ser una “súper mujer” tengo que reconocer que me faltan “súper poderes”, ¡y eso que incluso vuelo! Pero me falta un “súper poder” importantísimo, el de aprender a conocer mis límites, lo que ya nos enseñó Ícaro al subir tan alto en el cielo que sus alas de cera se derritieron con el sol y cayó desde lo más alto, después de haber conseguido algo tan increíble como volar. Y es que la ambición, aunque se dice que no tiene límites, debería tenerlos. Y el fin no siempre justifica los medios. La mujer, yo en particular, he justificado todo lo que he hecho porque lo hacía con mi mejor intención de “resolver el mundo”, pero ¡menuda tontería y qué increíble vanidad!
Desde que he dejado de intentar alcanzar metas imposibles he descubierto que el vaso medio vacío está medio lleno, y de cosas maravillosas. En lugar de frustrarme por lo que le falta al vaso estoy disfrutando de las cosas que hay dentro.
Una gran frustración de la “súper mujer” es que haciendo los súper esfuerzos que hemos hecho todas y que tantas siguen haciendo, aún consiguiendo cosas realmente increíbles, nos sentimos frustradas porque nunca lo conseguimos todo y encima ¡nadie se da cuenta ni nos reconoce tanto esfuerzo! Pero yo digo, ¿es que lo hacemos para que nos den un premio o para qué?
Un día en una competición de vuelo no sólo quedé en el primer puesto por delante de hombres y mujeres, sino que me di un vuelo de fantasía, de locura, la mejor experiencia que una voladora pudiera desear. Era realmente feliz, desbordantemente feliz, embrigadoramente feliz. Al día siguiente quedé la última en la prueba, en realidad no fui capaz ni tan siquiera de despegar, porque no me gustaban las condiciones y tomé decisiones que me colocaron en la cola de las listas de competidores. No gané aquella competición, pero el vuelo de aquel día sigue haciendo que mi corazón lata con más fuerza y se me escape una sonrisa.
Mi conclusión es que hay que esforzarse por superarse y alcanzar metas, no conformarse con lo que tenemos más que superado, porque conseguimos estupendas recompensas, pero no dejemos que esos logros se nos suban a la cabeza, disfrutemos de ellos y aprendamos nuestros límites, porque os aseguro que todos y todas los tenemos.
La mujer ha alcanzado muchas cosas buenas y no debemos frenar esa afán por mejorar, pero no nos sintamos frustradas si no lo conseguimos todo. Habrá que dejar algo para las demás, ¿no?