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Camareros

La profesión de camarero se está perdiendo y es una pena.

Si la evolución del mundo actual es igual que en Estados Unidos a convertir toda el servicio de bares y restaurantes en máquinas con comida envuelta y autoservicios, ¡que paren este tren, porque yo me bajo!

El camarero es una profesión que yo agradezco sinceramente. Cuando salgo fuera de casa a comer, me gusta porque tengo la oportunidad de lucir un modelito, porque me gusta la comida de ciertos cocineros, porque con las personas que como estamos de charla y no viendo la tele, y sobre todo porque no voy a tener que levantarme de la mesa cien veces para poner y quitar platos, para retirar la sartén del fuego, para ir a por más agua, etc. Y si me quitan eso, me quedo en casa. Ir a cenar a un autoservicio no tiene para mí ninguna gracia.

Incluso cuando como fuera no por razones de placer sino de trabajo, agradezco sinceramente que sea para mi un momento de relajación, y que los camareros hagan de ese momento un rato agradable y que no salga de allí enfadada por el “mal servicio”.

Y quiero animar a todo el mundo a ser respetuoso con los camareros, a exigir un buen servicio pero sin aires de superioridad. Yo soy camarera en mi casa todos los días varias veces y no soporto que me traten de cierta manera, maneras que yo jamás usaría con un camarero y que sufro cuando veo a los demás haciéndolo.

El camarero competente es un lujo, que se lo digan a los dueños de restaurantes y bares. Un camarero que se preocupe por su imagen, por tu felicidad, porque tengas todo lo que necesitas en la medida en que él pueda dártelo… ese camarero que te da conversación en algunos bares, que se convierte en tu amigo. Ese camarero que sabe cómo te gusta la carne, si tomas postre y qué tiene ese día para darte una sorpresa agradable, y si tomas el café con doble de azúcar o sin azúcar… es un lujo. Ese camarero que habla tu idioma y te entiende, que yo no tengo nada contra los “inmigrantes” pero por favor, que les den un curso de idiomas o que les den trabajo en el sitio más adecuado. No hay nada más desesperante que pedir una cerveza y tener que repetirlo cuatro veces, para que al final te la traigan del tamaño equivocado. O dejar de atender a tus amigos porque sólo tienes ojos para seguir a ese camarero que tiene la gran capacidad de escurrir tu mirada penetrante y de no verte aunque te tropieces con él.

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