Si hay algo que deberían enseñarnos nuestros padres, maestros o cualquier persona que tenga experiencia de vida y esté dispuesto a compartirla, es a actuar convenientemente en un empleo cuando encontramos a personas que creen que son mejores que los demás.
Está claro que uno, a medida que crece, conoce gente de todo tipo, origen, religión, color, pasar económico, y todos los etcéteras que hay en este mundo. Y que esa variedad es la que nos enriquece cultural e interiormente, convirtiéndonos en individuos capaces de relacionarnos sanamente con nuestros pares. Pero, en un ambiente cerrado, elitista, donde el desprecio por los sujetos que no encajen en los parámetros establecidos por ellos mismos, puede llegar a ser una aventura que destruya la fe en la humanidad de cualquiera.-
Ya es conocido por todos que la tendencia clasista es un mal que dista mucho de ser contemporáneo: un historiador que se precie podría describir con detalle los innumerables ejemplos que existen desde la Antigüedad hasta los días que corren.
Hay dos caminos: uno es bajar la mirada, dejar que un minúsculo grupo de ¿personas? se encarguen de minar los ánimos, los proyectos laborales, las ideas, de uno mismo, o simplemente enfrentarlos con altura, dejando perfectamente establecido que ninguno de ellos es superior, que la ropa, los vehículos, las personas influyentes que puedan conocer (o que intenten hacer creer que conocen) no los hacen mejores. Todos vamos a terminar en el mismo lugar: una lápida y los recuerdos de nuestros deudos es lo que nos espera a todos, sin excepción alguna, por lo que este tipo de actitudes resulta por lo menos incomprensibles. Vaya alguien a saber si a ellos los recordarán bien, o si serán olvidados el día después.
No es sencillo. Pero por más que una persona se encuentre aparentemente en soledad, puede hallar la fortaleza interna para que los comentarios adversos, las burlas, el menosprecio, sean algo que haya que tomar como de quienes vienen, sin permitir siquiera que nos inquieten estas cosas, o si nos afectan, no darles a quienes hacen de esto una práctica habitual el gusto de ver un rostro derrotado, desalentado, sin fuerzas. Todo lo contrario; un espíritu robustecido puede dar lo máximo de sí para que las tinieblas se disipen paulatinamente y nadie crea que puede destratar a los demás, invocando motivos que nada tengan que ver con el trabajo desempeñado.