La percepción que poseen los seres humanos acerca del universo.
Entre el capítulo 1, versículo 1 del Génesis y el capítulo 2, versículo 1, la Biblia –si consideramos su carácter metafísico separado del contexto dogmático- expresa que el Verbo, la palabra divina o el pensamiento único de Dios es la causa verdadera del Universo (y su consecuencia), por lo tanto no es un acto material creador que se intuya en tiempo y espacio, sino el poder de un pensamiento, un concepto o idea surgido de la voluntad de Dios.
Asimismo, el hombre al ser una imagen y semejanza divina no escapa a este axioma que permite que el acto creador, la obra, trascienda. Esto ocurre debido a que nuestro conocimiento del Universo es una representación vívida de un mundo irreal, elaborado como consecuencia de nuestro acto de crearlo y recrearlo a través de nuestro pensamiento, que teleológicamente se manifiesta en lo que se acepta como real, como lo que simplemente es.
Pero esta reducción que trata de encasillar no sólo el acto creador expresado en el Génesis, sino también nuestro continuo génesis, se sostiene en un andamiaje de teorías contradictorias que denotan el miedo a que el Universo es en realidad un vacío, un intangible conjunto que posee la imagen y semejanza de un pensamiento; en otras palabras, el Universo es holográfico.
Es lógico: Dios formula el pensamiento “Hágase la luz” y el hombre a cada instante “crea la luz” en su mente. Por ello lo que no somos capaces de imaginar en un simple acto de construcción de una idea no cobra existencia en el mundo, siendo las cosas como son, o mejor dicho, el Universo es lo que es porque así lo imaginamos, sin poder ahondar o percibir en la verdadera esencia –aparente- del mismo.
De esta manera, el espacio tridimensional es en realidad nuestra propia percepción o idea de lo que en esencia es el Universo.