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Bronca y dolor

A veces disfrazamos nuestras debilidades para que no nos vean flaquear.

En las calles de mi ciudad, donde las personas van de un lugar para otro o simplemente no van para ningún lado; donde las inmensas torres de cemento se comen la ciudad, había un parque en la zona este con un gran lago donde navegaban botes que iban de un lugar a otro, paseando turistas.

Pues bien, hasta ese lado se acercaron a reflejarse en sus claras aguas dos amigos: la bronca y el dolor.

La bronca como siempre estaba furiosa porque le era difícil desvestirse con rapidez, además de que el agua estaba helada, mientras el dolor ya se había metido para que el frío aplacara lo que sentía.

Pero la bronca, por su rabia, salió tan rápido que se colocó una prenda del dolor por equivocación y siguió su camino. El dolor hizo todo con lentitud. Cuando fue a vestirse se dio cuenta de que una de sus prendas faltaba, y se puso la que por error había dejado la bronca.

Si pensamos y reflexionamos, nos daremos cuenta que esa bronca descontrolada que a veces sentimos es sólo un disfraz a la medida que nos colocamos, para así esconder el agudo dolor que nos corroe el alma y nos mata las ilusiones en nuestro corazón.

 

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