Una visión sobre la educación que diverge del actual paradigma existente en Latinoamérica.
Recordando aquellos días de mi lejana enseñanza primaria, vino a mi mente aquel incomprensible cúmulo de clasificaciones de verbos que nunca pude aprender. Aquel recuerdo permitió hacerme el siguiente cuestionamiento: ¿De qué me sirve saber que tal forma verbal se denomina “pretérito pluscuamperfecto”? O más ampliamente… ¿Cuáles son los contenidos que deben estar en los programas educativos?
Comencemos a partir de una base lógica: la educación que es para todos, debe ser posible de utilizar por todos. Todos sumamos y restamos en nuestra vida, leemos y escribimos, habitamos en la geografía de nuestro país, vivimos en un contexto social basado en nuestra historia o nos referimos a nuestro propio cuerpo cuando éste funciona o falla. De esto se deduce que existen contenidos que, naturalmente, deben incluirse en nuestro sistema educativo.
Pero, seamos sinceros… ¿Alguien ha discutido alguna vez sobre si una forma verbal es un presente del subjuntivo, un pretérito perfecto, un presente continuo o un pretérito pluscuamperfecto? La fórmula educativa actual consiste en aprender tratando de poner los conocimientos previos en práctica.
El problema de esta fórmula es que los conocimientos abstractos aprendidos son practicados en nuevos conocimientos abstractos. Primero se enseñan sumas y restas; después multiplicaciones, entendidas como sumas; después divisiones, entendidas como búsquedas de una multiplicación; después fracciones, a partir de divisiones; números periódicos a partir de fracciones inexactas; y finalmente, raíces como todo aquello que no es fracción. Al final del camino, ¿qué aprendió el alumno? A sumar, restar, a multiplicar, a dividir de manera deficiente, a confundir las fracciones, a no saber calcular la periodicidad y, con suerte, aprender que el símbolo de raíz aparece en la calculadora.
En el pasado esto era “aceptable”, puesto que de cincuenta alumnos en una sala de clases, bastaba con que cinco de ellos fueran a la universidad. Hoy, la realidad es distinta (en teoría); en plena era del conocimiento, ya no vale la pena ahondar en cientos de micro conocimientos que circulan por todo Internet. No tiene sentido “estudiar la materia porque hay que sabérsela” (falacia de argumento circular); o “porque antes se aprendía así” (falacia de antigüedad). Hoy, lo importante es la aplicación del conocimiento al mundo real. ¿Y esto, qué implica? ¡Que antes de enseñar cómo vuela un avión, debemos enseñar qué es un avión! Los primeros años de escolaridad deben estar orientados a explorar tocar, ver, oír, oler y experimentar el mundo.
Los conocimientos específicos sobre estas experiencias deben venir después para darles una connotación concreta, tangible, y no abstracta como se hace hasta ahora. La educación escolar debe ser útil, y sólo es útil en la medida que se aplica al diario vivir, al entorno familiar, social, político, geográfico, ambiental, etcétera.
Además, los alumnos deben educarse en base a decisiones libres, acordes con su personalidad, gustos, inquietudes y experiencias. Mientras más posibilidades tenga el alumno de adquirir experiencias distintas, más probable es que absorba conocimientos, pues sabrá darles una connotación práctica en vez de teórica.
Por tanto, responder a la inquietud inicial sobre cuáles son los contenidos que deben estar en los programas educativos es más sencillo. Si los conocimientos no tienen aplicación directa, no vale la pena enseñarlos. Si los alumnos están interesados en ir más allá, deben existir ramos electivos o asesorar en la búsqueda de material online, o proveer a los alumnos de material bibliográfico adecuado, pero no tiene sentido obligar a los alumnos a adquirir miles de conocimientos “sin uso”.