Sexo débil, sexo fuerte, cuántos errores…
Ella tenía 10 años recién cumplidos. Su hermano cumplió 14 el mes pasado. Eran amigos, compañeros de juego. Si le preguntabas a ella con quién se lo pasaba mejor respondía sin dudarlo que con su hermano. Y viceversa. Corrían por el campo, subían a los árboles, hacían casas secretas, leían juntos historias de aventuras y jugaban a piratas.
Un día, su hermano, con sus hormonas en ebullición y descontroladas, quiso cambiar el juego. Ella confiaba en él. Al principio era otro juego más, risas tontas, “déjame, bobo”. Pero él insistía, los temerosos besos en los labios se convirtieron en apretados besos con lengua. Los tocamientos “sólo para ver cómo es” se convirtieron en mucho más. Ella ya no quería jugar. Huía de él. No quería estar a solas. Pero él sabía cómo buscarla y la encontraba, encerrona tras encerrona. Ella quería confiar, intentaba buscar algún sentido a todo aquello. Ella le quería, le quería muchísimo y no entendía nada. Él le decía que eso era “amor”, pero ella sabía que algo no estaba bien.
Ella no podía hablar. Terrible tortura. Tantas preguntas, tantas dudas, y nadie con quién hablar. Miedo, mucho miedo. Y él siempre encontraba el hueco para abusar, para seguir torturándola encubierto bajo su “amor”. Él era un adolescente con las hormonas en ebullición, sin control. No era consciente del daño que estaba haciendo. Él también estaba engañado. Porque él realmente la quería. La quería mucho.
Cuántos errores…
Hermanos para toda la vida, no pueden huir uno del otro. Pasan los años y se repiten las encerronas. El amor se tornó en odio, ella le odiaba con toda su alma. Se sentía traicionada, sus juegos infantiles murieron repentinamente a los 10 años. Su confianza ciega murió a los 10 años.
Tenía 18 años y seguía huyendo. Y huyó de él toda su vida. Él jamás quiso hablar de ello. Ella no podía hablar con nadie. Y cuando comenzó su propia vida sexual aquellas imágenes aparecían continuamente, torturándole, confundiéndole. Cuánto le odiaba, y no podía decir nada.