Desintegración familiar.
Desgraciadamente el pequeño crece inseguro porque ya no sabe qué hacer para atraer a sus papás. Sufre la soledad desde que viene al mundo porque ya mamá y papá no lo arrullan, ni juegan con él, ni lo besan, mucho menos mimarlos porque piensan que eso los hace débiles.
El niño, si bien le va o le tocan padres que aunque trabajan dejan sus broncas fuera del hogar y tienen horario decente para poder disfrutar, prodigar y guiar a sus hijos, o lo contrario, padres que trabajan doble, hasta triple turno, exponiendo a sus hijos a la inadaptabilidad y abandono, por lo mismo, los niños buscan conforme van creciendo, escape en las drogas, alcoholismo, tabaco, etc., y se autodestruyen.
La tasa de niños que se quitan la vida es inmensa. Niños pandilleros y viciosos son reflejo de que no tuvieron buen cimiento, fincado en el amor que es Dios, porque Dios es amor. Vienen de padres que fomentan el materialismo, como dicen las Sagradas Escrituras: almacenan tesoros que el orín corrompe y el hollín corroe.
Lo primordial para evitar esto es fincar tu vida en Cristo, orando sin cesar para que te guíe y te dé discernimiento, sabiduría e inteligencia para todos los retos o pruebas que hay en la vida, dedicándoles a tus hijos más amor y tiempo.
Padre, madre: recapaciten. Disfruten a sus retoños, sean fieles, no caigan en la tentación desatendiéndolos por disfrutar los vanos placeres de la carne y del dinero, pues somos polvo y nada nos llevaremos. Salvemos el alma de nuestros hijos orientándolos hacia el Creador del Universo, fomentando el amor en sus corazoncitos. La paz y la armonía crearán un nuevo mundo, sin odios, egoísmos y rencores. Perdónense pues ya Dios los perdonó. ¡Todavía están a tiempo!