Desintegración familiar.
Escuchamos en todos lados lo traviesos egoístas y rebeldes que son los niños, pero en honor a la verdadnos hacemos o no sabemos el porqué de tal situación.
La desintegración familiar ha crecido en forma alarmante a raíz de la inflación espantosa que impera no sólo en nuestro país, sino en todo el mundo, ocasionando el fenómeno de falta de protección y responsabilidad hacia los hijos.
¿A qué se debe ésto? En primer lugar, a la falta de Cristo en nuestro hogar, a la falta de amor hacia lo más preciado de nuestras vidas, que es el que dio su vida por nosotros.
La vorágine que se ha desatado por la carestía, desempleo e irresponsabilidad de uno o ambos cónyuges, que trabajan dizque para el bienestar de la familia, y abandonan a sus hijos en los valores primordiales de encauzarlos espiritualmente, nos preocupamos por lo material y descuidamos lo más importante; los valores morales y de respero se han perdido por causa de los padres que ya no tienen tiempo para convivir con sus hijos, pues todo es para ellos trabajo y más trabajo, fincando en sus cerebritos que mientras más economías —dinero—tengan, más importantes son.
Los pleitos y disputas en la pareja delante de los niños, aun cuando están en el vientre materno, que es cuando más tranquilidad debería de tener la madre por las presiones del trabajo, hacen sentir el rechazo hacia el menor, pues aunque están en nuestra pancita, no platicamos y oramos con ellos, dándole gracias a Dios por la dicha inmensa que nos da al permitirnos gestar en nuestro interior a ese diminuto ser que es un regalo del cielo y bendición para los padres.
Los hijos son reflejos de los hogares y tristemente estos están en extinción, como decía mi santa madre, que en gloria esté: ya ano hay hogares, pues ya no hay hombres que puedan sostener a sus esposas e hijos. Cuando menos el 80% de nuestros hijos crecen en guarderías o con los abuelitos, o lo que es peor, con las nanas que los cuidan y les inculcan, si son buenas, el amor y respeto hacia sus semejantes y hacia ellos mismos, primordialmente a Dios y a sus padres.