Una perspectiva para repensar los espacios no formales de la familia, padres e hijos como una manera de formar la conciencia y despertar el amor por lo bueno y lo bello y ayudar a nuestro hijos a que cumplan su misión en esta tierra.
Un excelente consejo es servir de “espejo” de sus propios sentimientos y emociones, pues es la mejor forma de ayudarles a descubrir su propio interior y aprender a controlar sus emociones antes que éstas los controlen. Esto significa ayudarles a entender y comprender sus propios sentimientos y/o temores y aprender a reaccionar de una forma más acertada frente a las situaciones que lo provocan.
¿Te das cuenta de que es un aprendizaje continuo y que lo importante es que nuestros hijos vean que la perfección y las buenas actitudes ante la vida sólo se logran a través de una lucha constante por superar nuestros propios errores o defectos?
Esto supone a la vez no olvidarnos del niño que una vez fuimos y que sólo cuando somos continente afectivo de unos con otros aprendemos a superarnos y a ser mejores. Nosotros los padres estamos en este mundo, no lo olvidemos para ayudar a nuestros hijos a ser quienes deben ser, y no igualito a su padre o a su abuelo o a su tía.
Ayudarlos a que asuman libremente su propio ser en este mundo.
Y como bien apunta nuevamente el Dr. Melendo, la clave de toda esta experiencia es el amor.
Sin duda que todos en la vida queremos ser buenos padres, ninguno que emprende la tarea de ser un buen padre quiere hacerlo mal, sin embargo el asunto está en cuánto queremos esforzarnos para conseguirlo, cuánto queremos invertir en esta tarea en términos de tiempo dedicado a nuestros hijos, que implica tiempo para amar, tiempo para jugar, tiempo para esforzarse y luchar, tiempo para divertirse simplemente en compañía de ellos, tiempo para callar, tiempo para corregir y tiempo para reflexionar sin olvidar otorgarles el espacio para actuar.
El árbol se conoce por sus frutos, dice el adagio, y es que en medio de situaciones difíciles a veces no hemos hecho las cosas tan bien, aparentemente, pero dichosamente los hijos resultan ser todo lo que esperábamos, porque en verdad no lo hemos hecho tan mal, pues a lo largo de los años hemos sabido reconocer nuestras fallas y habremos tenido tiempo de enmendarlas: este es el verdadero mérito de ser buenos padres.
Otro adagio sabio es el que dice: “La mujer del César no sólo debe serlo sino parecerlo”. Aplicándolo igualmente con nuestros hijos, no podemos exigirles a ser lo que no les hemos enseñado con el ejemplo.
Si queremos hijos buenos debemos hacer bien de padres y esto significa tener valores firmes, posiciones claras ante las situaciones de la vida, ser respetuosos consigo mismos y con los demás, empezando por nuestro cónyuge y luego por nuestros propios hijos. Esto significa que nuestras palabras deben ser consecuentes con nuestros actos, que sabemos ser amigos de nuestros amigos y que tenemos un profundo respeto por quienes somos y lo que creemos. O sea, que nuestras decisiones son convincentes, rectas y firmes.
De esto los hijos se dan cuenta rápidamente.
Sólo esta forma de integración en la familia es sostenible. Esta es en la que prevalece el diálogo, los buenos momentos y la acción responsable por mejorar cada día, por encima de las dificultades que de ordinario tiene que enfrentar la familia. Estas, por más difíciles que sean, son superables cuando se cuenta con la fuerza interna que provee el amor a sus integrantes, resultado de un esforzado proceso de reflexión y de acción.
El principio es sencillo y está estrechamente vinculado a dos de los cimientos básicos de la educación y de la vida familiar: aprender a vivir juntos y aprender a ser, sin olvidar que los buenos tiempos que experimentamos en familia deben estar llenos de presencias y de presentes que hagan fructificar la vida en común; que la familia necesita de una buena dosis de paciencia y de prudencia, de preparación y de responsabilidad que ayude a sus miembros a orientar su propio camino en una acción conjunta de redescubrir su propias capacidades y, de este modo, asumir las tareas que sus hijos necesitan.
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