Aunque el dinero es la herramienta para la supervivencia, la mayor riqueza de una familia no es precisamente su patrimonio económico sino las ganancias obtenidas a través del desarrollo de valores que propicien el buen manejo de las riquezas.
Está claro que la riqueza de la familia es una herramienta de poder que crea incentivos para vivir justamente, provee una reserva financiera para ayudar a los miembros de la familia que estén necesitados, y provee capital para el inicio y la extensión de un negocio familiar.
Las responsabilidades familiares son cruciales para el sostenimiento y desarrollo de las familias. Estas responsabilidades son tanto espirituales como materiales. Los padres han de proveer para sus hijos por medio de la enseñanza, la guía y la disciplina. También han de facilitar para ellos los bienes materiales, almacenando – en última instancia – una herencia o legado que permita la supervivencia de la familia. De igual manera los hijos ya mayores tienen el deber de cuidar a los padres en sus años de vejez.
Por lo tanto, la relación padre–hijo es más que un vínculo emocional, es espiritual, intelectual y financiero.
La familia debe prepararse para actuar a través de estos vínculos, y preservarlos adecuadamente para asegurar que cada generación sucesiva mejore de manera acumulativa. Los padres tienen un incentivo para entrenar a los hijos a ser educados en los asuntos de los negocios, a ahorrar, a dar a otros generosamente, de manera que la riqueza entregada a los hijos no sea invertida insuficientemente o despilfarrada. La herencia les da a los hijos una recompensa para comportarse conscientemente y cuidar bien de sus padres.
La riqueza familiar puede, y debería, ser usada para auxiliar a los miembros de la familia que se encuentren en dificultades financieras. R. J. Rushdoony señaló que la familia, “al proveer para sus miembros enfermos y necesitados, al educar a los niños, cuidar a los padres, y al hacerle frente a las emergencias y a los desastres, ha hecho y está haciendo más de todo lo que el estado ha hecho alguna vez o pueda hacer” (R.J.Rushdoony).
Cualquier cambio en la sociedad que debilite esta distribución de incentivos también va a debilitar la familia. Como observó R. J. Rushdoony, “Ninguna sociedad que debilite la familia puede prosperar, ya sea quitándole a la familia las responsabilidades de la educación y la asistencia social, o limitando el control de la familia sobre su propiedad y su herencia por medio de la usurpación.”2 (R.J.Rushdoony)