Somos seres que nos adaptamos a los cambios.
En nuestra lucha por sobrevivir, nuestra personalidad debe adaptarse, necesariamente, a las diversas situaciones cambiantes que se nos van presentando desde el nacimiento.
El ser humano, cual vaso de barro, debe aceptar ser modelado por las circunstancias, tal como lo señala nuestro Supremo Creador.
La necesidad de adaptarnos al ambiente es y debe ser en todo momento, para poder manejar con un juicio correcto, la situación que se nos presente y esto, por cierto nada fácil, hace la vida complicada y dificultosa para muchas personas.
El que perezcamos o sobrevivamos en este ambiente tan hostil, depende de nuestras relaciones personales ante las circunstancias imprevistas a que nos enfrentemos. Algo así como un “callo” que vamos adquiriendo gracias al decaimiento de la salud, los desengaños, pesares, problemas financieros, crisis económicas, como consecuencia de la permanente y creciente inflación, ahora las pandemias y el calentamiento global, entre otras.
Claro que si tenemos tendencia al escapismo, le echaremos la culpa de todo al más cercano: Dios o nuestros padres, o la herencia que ellos nos han legado. Así, los neuróticos, por ejemplo, suelen hacer culpables a sus padres neuróticos de todos los proyectos en que fracasan. Esto constituye para ellos la salida más fácil y cómoda. Y a este respecto, nadie niega el hecho de que nos hacemos afortunados o desafortunados a causa principalmente de nuestra inestabilidad síquica, muy común en estos caóticos tiempos, pero que reflejan precisamente esa capacidad o incapacidad para enfrentarnos al ambiente.
Sería muy loable e ideal, en cierta forma, que pudiéramos escoger a nuestros progenitores; a nuestros cuatro abuelos, ya que éstos, al igual que nuestros padres, influyen sobre nosotros; pero ¿cómo? ¿Y los que les dieron nuestra carga genética?
No hay duda de que algunos padres se manifiestan como “delincuentes”, y carecen de la habilidad suficiente para educar a sus hijos y dirigirlos por la buena senda, de tal forma que puedan alcanzar la madurez necesaria que les haga posible la adquisición de la autodefensa emotiva, que es propia de la edad adulta. Muchas veces podemos culpar a los padres de proporcionar a sus hijos sobreprotección, de recargar la disciplina, de engañarles con mucha frecuencia, etc. Muchos de nosotros no hemos sido enseñados durante la infancia, a soportar los desengaños, ni tampoco se nos enseñó, por supuesto, a reaccionar de manera apropiada, contra estas desilusiones. En este caso sí, la responsabilidad recae en los padres.