El éxito en la lucha contra la violencia escolar debe partir de modelos de trabajo elaborados por el profesorado.
Efectivamente, cuando en los dibujos animados uno de los personajes cae precipitado por otro desde una gran altura, hace un gran socavón al llegar al suelo y posteriormente sale de él con un gran chichón en la cabeza.
Pero, por otra parte, al aprender la idea de destrucción el niño puede llegar, incluso, a temer de los adultos, capaces, como ha podido observar sin ningún tipo de problema, de llegar a ejercer terribles daños a sus semejantes.
Los años de maduración escolar son claves para el control educativo de las actitudes violentas.
La educación en los valores de convivencia será determinante en una clara perspectiva de continuidad en el desarrollo futuro de la personalidad.
Hay que tener en cuenta que los niños que, entre los 6 y los 12, años muestran más agresividad serán, precisamente, los que en el futuro adulto presenten más actitudes violentas en el ámbito familiar o de pareja, la violencia escolar, no intervenida educativamente, se habrá transformado, irremediablemente, en violencia social y familiar.
¿Sucede lo mismo al llegar a la adolescencia?
En un estudio sobre la agresión adolescente de A. Bandura y R.H.Walters (1963), se evidenciaba que los padres de niños agresivos tendían más a fomentar y a incentivar la agresividad que los padres de niños que no eran tan agresivos.
En efecto, los padres de niños con tendencias agresivas, aunque, como es natural, no consentían, en ningún caso, la agresividad que se pudiera mostrar contra ellos – castigándola con dureza si se producía – aceptaban, por otra parte, situaciones cotidianas de agresividad entre los hermanos y, desde luego, fomentaban y gratificaban el comportamiento violento de sus hijos cuando éstos lo dirigían contra otros compañeros escolares o de juego.
Es de destacar, además, que éstos chicos de tendencia furiosa, que manifestaban su mal carácter física y verbalmente contra otros chicos, expresaban un comportamiento de mayor oposición a sus profesores y también una mayor resistencia al aprendizaje.
Podemos constatar, entonces, que la correlación entre niños agresivos y niños que fracasan en la escuela es alta.