El éxito en la lucha contra la violencia escolar debe partir de modelos de trabajo elaborados por el profesorado.
Ante la puesta a prueba de nuestra paciencia, aunque ello resulte difícil, conviene adoptar una actitud tranquila. Nuestro trato ha de ser firme y sereno, sin crispar para nada nuestro tono de voz.
Sabemos por experiencia que una respuesta irritada estimula, aún más, tanto con los niños como con los adultos, la agresividad, y que, por el contrario, la suavidad y el talante negociador y dialogador tiene siempre un efecto calmante y relajador.
Los niños han aprendido, desde muy temprano, a utilizar su rabia encolerizada para provocar a los adultos y conseguir llamar, de esa manera, su atención. Hacerles, por otra parte, entrar en razón si son muy pequeños, es imposible ya que no tienen la madurez cognitiva necesaria para ello.
Lo que hay que hacer es, por tanto, no permitir que por ese medio alcancen su objetivo. Si damos la respuesta que ellos esperan nos dejaremos controlar, permanentemente, por sus rabietas.
Las rabietas, como conductas de oposición, son pues absolutamente normales y son, además, el medio acostumbrado de expresión de la agresividad entre los dieciocho y treinta y seis meses.
Los niños en los años de escolaridad inicial (de tres a cinco años) suelen ser, en general y debido a su escasa capacidad de control del impulso, bastante agresivos.
Ya hemos visto además cómo empiezan a participar en los hábitos conductuales del ambiente que les rodea y en el que tienen sobradas ocasiones para observar, imitar e identificarse con modelos agresivos de comportamiento, ofrecidos generosamente por el mundo de los adultos, ya sea en la propia esfera familiar o por mediación de la industria audio-visual, que suele encontrar en la violencia una buena temática para la distracción infantil y el divertimento.
Va a ser, sobre todo, a través del juego, y particularmente del juego motor, como el niño preescolar va a practicar su conducta agresiva.
Este comportamiento más o menos violento, responde al progresivo dominio del esquema corporal que le va a ir permitiendo un mejor control sobre los objetos. Control que da lugar a la dinámica psicomotora del placer de destruir y construir. Además, animado por el tipo de películas a las que tiene acceso, en las que la destrucción y la muerte no suponen un proceso de tipo irreversible, llega a creer firmemente en una restitución o restauración tras el aniquilamiento.