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Violencia escolar

El éxito en la lucha contra la violencia escolar debe partir de modelos de trabajo elaborados por el profesorado.

Estos aspectos conflictivos de la personalidad infantil temprana se dan con frecuencia en todos los niños, en un grado mayor o menor que corresponderá con las características de su temperamento y carácter y del trato educativo y afectivo recibido.

Sólo cuando la inestabilidad se complica y a la rebeldía y a la agresividad se le unen un miedo y una angustia exagerada, cuando se manifiesta un marcado descontrol de las funciones vegetativas, con enuresis o encopresis, cuando aparecen situaciones anoréxicas o trastornos psicosomáticos, sólo entonces podemos pensar en conductas neuróticas que podríamos englobar, en este momento evolutivo, bajo el concepto de síndrome oposicionista.

El conflicto mental que el niño tiene en el seno de la familia se deja, entonces, entrever cuando suele preferir a la abuela, a la hermana mayor o a la tía. Cuando no quiere comer en casa mientras que puede comer perfectamente fuera del hogar, en el colegio o en casa de otros familiares.

Suele ser, por otra parte, bastante frecuente que las propias conductas agresivas y de oposición le provoquen sentimientos de culpabilidad que expliquen, paradójicamente, exageradas actitudes de dependencia.

Los padres de este tipo de niños pueden llegar a padecer también conflictos de relación de tipo neurótico. Sintiéndose, generalmente, angustiados y deprimidos.

Debemos de tener en cuenta, en primer lugar, que las manifestaciones agresivas se aprenden. Y el niño las aprende, naturalmente, de los adultos.

El recurso a la furia es una reacción frecuente de las personas mayores en situación de conflicto psicológico con otros y esa recurrencia supone, por tanto, uno de los primeros, claros y llamativos, aprendizajes de la infancia.

El niño que ve a su madre irritada, o a su padre, levantar la voz y dar golpes se sentirá muy atraído para imitar este tipo de reacciones cuando se encuentre en una situación frustrante que, debido a su inmadurez, todavía no ha aprendido a superar.

No permitamos, entonces, que los niños nos tomen, en este aspecto, como modelos agresivos de comportamiento.

Cuando los padres prestan atención a los ataques de furor de sus hijos y acatan sus exigencias, o cuando, en otras ocasiones, los castigan violentamente y actúan entre sí con dureza, no hacen otra cosa que reforzar positivamente los arranques agresivos.

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