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Violencia escolar

El éxito en la lucha contra la violencia escolar debe partir de modelos de trabajo elaborados por el profesorado.

La frustración de los impulsos de sociabilidad provoca, según Adler, la posterior aparición de conductas violentas e insociables.

Y es que cada niño tiene una auténtica y originaria “hambre social”.

Hambre que desea y necesita satisfacer plenamente con su medio más próximo.

Es, precisamente, en la afectiva cooperación necesaria entre madre e hijo cuando comienzan a desarrollarse estas fundamentales aspiraciones sociales.

Para Adler una madre inmadura, neurótica o asocial puede transmitir escasos sentimientos afectivo-sociales a su hijo y éste, por su parte, se encontrará poco dotado para establecer una relación equilibrada y armónica con las otras personas.

Si con el transcurrir del tiempo las relaciones sociales con los demás son, por incapacidad del individuo, definitivamente insatisfactorias, se producirán deformaciones en lo que Adler llama “sentimientos de contacto”.

Estas deformaciones en los sentimientos de contacto darán lugar, probablemente, a diferentes formas desviadas de la personalidad, tales como neurosis social, psicosis y criminalidad.

La Teoría de Adler especifica, por tanto, que una trayectoria vital individual de una personalidad no integrada, a causa de la impotencia y la renuncia a la sociabilidad, conduce a un estilo de vida que, en un sentido activo, provoca manifestaciones de criminalidad o de delito y, en un sentido pasivo, expresa formas neuróticas de comportamiento, que en ambos casos son significativas del miedo del individuo a las exigencias sociales fundamentales: el miedo al amor o el miedo al trabajo.

Y en todos los casos se pone de manifiesto la ausencia del sentimiento social de responsabilidad ante los demás.

A partir del segundo y tercer año de vida el proceso de Socialización implica control e inhibición y el niño conocerá pronto, de esta manera, los límites impuestos por el medio.

La palabra “no” va a ser la que más va a escuchar a lo largo de su segundo año, cuando no controle sus esfínteres, derrame leche o deje caer un objeto al suelo.

La socialización impone un malestar, “el malestar de la cultura”, en expresión de Freud, del que el niño trata de liberarse mediante actitudes oposicionistas y agresivas, a través de las cuales pretende alcanzar y conseguir su autoafirmación, el germen naciente de su personalidad.

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