El éxito en la lucha contra la violencia escolar debe partir de modelos de trabajo elaborados por el profesorado.
Los modelos “de arriba abajo” no funcionan, es el profesorado quien debe tener el protagonismo en el cambio.
La puesta en marcha de un proceso de cambio requiere por parte del profesorado un compromiso firme con la idea de una escuela autónoma, con capacidad de diseñar un modelo de intervención ajustado a su contexto, que le permita determinar las metas, estrategias y el modelo de formación permanente que necesita el profesorado para la adquisición de nuevos conocimientos y destrezas.
No podemos cerrar los ojos a la realidad que vivimos. En nuestros colegios hay alumnos de diferentes, culturas y religiones que, a veces, padecen problemas de adaptación, de relación personal y de escasa capacidad de adhesión.
El hecho de que convivan en los centros educativos personas con diferentes culturas puede convertirse en conflictos que se manifiestan con algún tipo de actitudes racistas o xenófobas que es preciso educar.
La ética intercultural aboga por el aprovechamiento de la diversidad para establecer un diálogo permanente con las otras culturas de forma que, respetando las diferencias, se construya entre todos una convivencia justa y satisfactoria.
Evitar en los colegios la violencia e intolerancia en: la comunicación, en los prejuicios, en el temor al otro, en el racismo y la xenofobia y toda otra forma de discriminación.
En la actualidad el problema de la integración de los adolescentes en las escuelas causa algunas dificultades a los colegios. El empobrecimiento masivo de familias en determinados barrios hace que en algunas escuelas exista una mayor concentración de alumnos de diferentes enfoques culturales.
Este hecho puede acarrear el peligro del ir lentamente convirtiendo a esos centros educativos en “guetos”.
Algunos padres que ven demasiados jóvenes carenciados en los colegios sacan a sus hijos, y los provenientes de sectores marginados por la sociedad acuden con más frecuencia.