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Perreras, ¿un verdadero campo de concentración?

Los sufrimientos y padecimientos que encuentran los animales en esos centros de zoonosis.

La primer imagen e idea que me vino a la mente al escuchar por primera vez la palabra zoonosis, fue la de una enfermedad o virus. Y tan desacertada no estaba, dado que el origen o etimología de la palabra deriva del griego zoon (animal) y nosos (enfermedad). En la jerga veterinaria, zoonosis es toda enfermedad que los animales pueden transmitir al hombre. En la actualidad, la acepción zoonosis no sólo refiere a las enfermedades zoonóticas sino que adquiere otras significaciones.

Desde hace años se conoce como “centros de zoonosis”, a los llamados recintos municipales antirrábicos, más conocidos como las tristemente célebres “perreras municipales”, destino final de perros mordedores, enfermos, perdidos, vagabundos o abandonados por sus dueños. Dichas Instituciones han sido erigidas con el supuesto fin de llevar a cabo políticas públicas de cuidado y preservación del animal, en donde se pondere el buen funcionamiento del sistema de salud, el cuidado de nuestras mascotas y se garantice la erradicación de enfermedades transmisibles a humanos. La realidad se condice absolutamente de tales objetivos, toda vez que los centros de zoonosis operan como entidades de tortura y exterminio de animales, validando su accionar en la legislación madre de los centros de zoonosis, que es la ley provincial 8056/73, y legitimando de esta forma la muerte y el maltrato de los animales.

En tal sentido, para el común colectivo que supone que las perreras han sido erradicadas u obsoletas, se informa que en cada Municipio de nuestro país opera un centro de zoonosis, donde las condiciones paupérrimas y medievales de las jaulas o caniles en donde se encierra a los animales dista mucho del bienestar que deberían garantizar los autoproclamados “Centros de Sanamiento integral del Animal”. La realidad es que en los centros de zoonosis se maltrata y se encierra a los alojados en minúsculas, arcaicas y sombrías jaulas, exceptuándolos del auxilio requerido, y obligándolos a convivir entre sus excrementos, toda vez que se los priva de las condiciones habitacionales y sanitarias básicas. En dichos condominios se procura el encierro no sólo de perros mordedores que se encuentren en proceso de control antirrábico, sino también que se priva de libertad a todo animal que haya sido capturado en la vía pública o abandonado por su dueño(éstos últimos no suelen resistir el encierro).

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