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Mis canes

Mis perros y gatos.

Luego de haber criado a un boxer mestizo, algo se aprende de la comunión con los perros. El cuidado de los primeros meses es delicado, trabajoso, particularmente si nunca se tuvo responsabilidades alimentarias o de salud con mascotas y -para ello- sirve por mentor tener un par de libros de etología canina.

Eli“, mi escogido rotty, lo dejé conmigo en lugar del espacio que ocupaba el querido boxer y a despecho de “Josh”, un hermano de la camada de rottweilers. No me era posible quedarme con varias mascotas -en particular- teniendo ya hijos pequeños que contribuían al desorden de la casa (unos más que los otros). “Word“, el boxer, fue regalado tras convertirse en excelente perro de peleas callejeras (algo para lo que no lo adiestré personalmente) y “Josh” terminó yéndose a vivir con la tía de mis chicos, en una estupenda hacienda de campo, donde comía más de lo debido y paseaba a su antojo con caballos y vacas.

La grata experiencia de haber criado a un boxer (mezclado con pitbull) trascurrió a lo largo de años. El lindo cachorro aleonado fue mi maestro, mi fiel compañero de caminatas y mi amigo personal. Al hacerse adulto, se mostró violento y hostil contra quienes “invadían” lo que él consideraba su territorio.

Debido a eso, tuve que desprenderme del cariño de cuatro emocionantes años, perder al tutor de mis dos rottys, y disimular el apego que se desarrolla con tal leal compañía. Para no hacerme más amargo el desprendimiento (para no hacerselo a él, también) pedí albergue y el debido sustento a un amigo lejano, quien gratadamente se dispuso a cuidarlo tanto como yo lo hacía. Los primeros meses de su vida asimiló la disciplina y el aseo de la casa, así, nada molesto sería convivir en un nuevo hogar y su patio trasero.

Los primeros años que pasé junto a los rottweilers sirvieron para complementar las enseñanzas que aprendieron de su maestro “Word”. Paseando con ellos, desde pequeños, éste les enseñaba a cuidar su territorialidad, a ladrar y perseguir a otros perros y, si algún extraño se acercaba a nuestro encuentro en parajes solitarios, debía forcejear firmemente con sus correas, pues, aprendían a defendersey a defenderme.

En una oportunidad, mientras les enseñaba a comportarse ante armas de fuego y a reconocer sus limites, trataron de morder a una persona que levantó su mano -vacía- como si intentara apuntarme con tal armamento. ¡Me satisfizo eso! Su reacción me estimuló a que entendieran, también, que su vida valía la pena y que, si indicaba lo contrario, no debían atacar, para no arriesgar sus valiosas e importantes vidas.

“Eli” es el más glotón de los perros que haya tenido. Su mirada inteligente, sus años de conocerme mis modos y mi humor, no sé cómo predice (o previene) que le daré un paseo por la montaña: No tengo hábitos de pasearlo estos años. Tiene una forma de lloriqueo gutural extraña.

Desde su casa con techo de teja roja levanta sus orejas atentas, como quien atisba a ver algo hacia el interior de mi casa. Nota si duermo y, por el contrario, me hace entender que busca mi atención cuando quiere algo de mí. Usualmente, hace el mismo ruido cuando quiere comer y desea que me vaya… pues, sólo así come lo que le haya servido en su plato: Antes, comíamos juntos, pero, cuando me iba de casa a cumplir mis compromisos del día, se quedaba llorando con alaridos. De modo que, para evitarme escuchar sus tristes lamentos, condicioné la hora de sus comidas con mis salidas.

Hoy, para evitarme penas (y evitárselas a otros) mi fiel amigo es retenido -y detenido- por una larga y pesada cadena. En muchas ocasiones sorpresivas rompe el eslabón más débil y así lo permito por seguridad suya, y ventaja mía.

Desearía poder dejarlo suelto toda la noche, pero no tiene límites su curiosidad ni fronteras en su instinto de persecusión y, ya un par de veces he tenido que bañarlo a medianoche, puesto que él no sabía la inconveniencia de acercarse demasiado a las mofetas (zorrillos): El jugo de tomates no es tan efectivo para quitarle la pestilencia. Además de ello, he empleado vinagre y shampoo, a fin de quitarle la molesta sensación dejada por el simpático animalejo, quien -sin duda- no tarda en disparar “su aroma” a quien se acerque y lo moleste.

Los perros son amigos excelentes. He oído de historias impresionantes, en cuanto a labores de salvamento y, también, de la tristeza que les mata, cuando sus cuidadores enferman y mueren.

Pienso que, todo dueño de mascota debe escribir la historia de sus amigos. Uno puede llegar a conocerles y, sin embargo, me parece que son capaces de entendernos más que el común de las personas, no tanto por su inteligencia, sino que pasan años testificando y observando las facetas de todo nuestra vida familiar y de parejas, que se me antoja por justicia el hecho de que no verbalicen sus ideas como lo hacemos -humanamente- pues, ellos darían completa información de cómo somos, a persona cabal: Notan nuestra indiferencia, nuestro egocentrismo, mesquindad y, en el mejor de los casos, lanzan a pulmón pleno toda su alegría al momento de notar que le daremos una vuelta en el vecindario, por pequeño que este sea.

Los gatos, por otro lado, muestran una felina independencia, misma que minimizan a la hora del hambre. Aún así, habiendo logrado lo que sus caricias y ronrroneos solicitan, se vuelven en sí mismos o se tornan juguetones: Todo depende de los cuidados recibidos en su etapa “infantil”. Si uno les trata como padres ellos se comportan como buenos hijos.

Hay pocos seres ingratos, excepto el hombre. En cierta oportunidad -un grupo de amigos- ascendimos a una montaña llevándonos un gato como invitado al almuerzo. Al encontrarlo en el paraje donde le vimos abandonado, le ofrecimos porciones de nuestros embutidos y, comprendiendo que lo recompensaríamos si nos seguía, avanzó con nosotros un par de kilómetros, algo inusual, excepto cuando se tiene hambre. Luego de recibir su parte del almuerzo, nos marchamos y el siguió su camino, en la maleza.

La crianza que damos a nuestras mascotas refleja las mismas atenciones que brindaríamos a nuestros hijos. He notado, sin embargo, que hay mejores padres de mascotas y, también, que hay mascotas mejores que nuestros hijos: Cada persona es diferente.

Hace años, luego de una gran precipitación de lluvias en El Limón, Edo Aragua (Sept. 1987) y en La Guaira (a finales del 2000) salieron muchas historias de canes y héroes felinos. Esos animales, sobrevivientes a sus propias tragedias, sirvieron para salvar vidas, luego que pusieron a salvo las suyas.

Se supo de un perro que salvó varias vidas, pues, sus dueños lo habían enviado a una escuela para formarlo como rescatista ¡Me es una pena no tener su historia a la mano! Hubo gatos que buscaron a sus dueños y, bajo del lodo, en una clase de fosa ventilada, los rescatistas hallaron a sus amos con vida, aunque hubo casos en que no tuvieron ese aliento (hallaron cadáveres, en lugar de eso).

Una mascota, de raza fina o mestiza, es más leal -muchas veces- que la devoción que decimos tener por ellos. Se han probado casos en los que estos mudos seres permanecen al lado de quienes les maltratan, sólo como testidos de aquello, como quien insiste en darnos la oportunidad para el arrepentimiento y cambio correctivo. Sin embargo, por otro lado, somos nosotros quienes nos desprendemos de su lealtad, de su leal cariño, y muy pocas veces se marchan de una casa a otra, excepto cuando sus amos son maltratadores, indignos o indiferentes.

Me parece -e importa poco si me equivoco- que los animales son la personificación de las oportunidades que tenemos para ser mejores personas con nuestros semejantes. Evitarlos, maltratarlos o evadirlos, son prueba de nuestra renuencia a enfrentar tal dificultad y tarea.

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