Cómo la voz permite a las madres encontrar a sus crías entre millones.
Mientras que los fócidos ayunan durante un corto pero intenso período, los otáridos prolongan la etapa de lactancia separándose de la cría durante días para alimentarse en el mar con una dieta de peces y moluscos.
Para el oso marino, el período de dependencia de la cría dura cuatro meses. Por lo que las madres suelen ir de pesca con cierta regularidad. Cuando regresan a la colonia deben encontrar a sus crías. ¿Cómo pueden reconocerlas entre tantas otras?
Según SJ Insley, el oso marino posee una capacidad de reconocimiento vocal bien desarrollada. De esta forma, a los gritos, se hace posible un encuentro entre la madre y su cría dentro de las extensas y densas poblaciones.
Esta habilidad no se pierde luego de la etapa de cría. Insley también demostró que, tanto la madre como la cría, son capaces de retener estos recuerdos hasta por cuatro años. Este es el primer caso comprobado entre mamíferos no humanos. Sólo existe otro ejemplo de reconocimiento a largo plazo. Las aves cantoras macho (Wilsonia atrina) reconocen y retienen la canción de su vecino durante ocho meses.
Sin embargo, se sospecha que muchas otras especies podrían poseer esta habilidad y que sería muy importante para las asociaciones entre individuos a lo largo de los años. Pero hay que tener en cuenta que durante la evolución de cada población de cada especie, se soportan distintos tipos de presiones que convierten a los rasgos físicos o de comportamiento en ventajosos, neutros o desventajosos.
En el caso de los osos marinos, que se separan por largos períodos de tiempo, resulta imprescindible para la cría poder reconocer y distinguir a la madre propia de las ajenas. ¿Y la habilidad de las madres?
En un estudio más reciente, Insley descubrió que si bien el reconocimiento es mutuo, también es dispar. Utilizando experimentos con voces grabadas, encontró que las crías gastan más energía que las madres en el proceso de reunión y responden con mayor frecuencia pero cometiendo más errores (lo que Insley llama falsas alarmas).
Insley sostiene que se puede aplicar la teoría del “progenitor-cría” y que es de esperar que la cría ponga más empeño en la búsqueda porque saldría más perjudicada si no encuentra a su madre. También le pareció coherente con la teoría que las crías cometieran más errores, es decir, que contestasen los llamados de otras hembras y se dirigiesen en esa dirección.
Una vez alcanzada la edad reproductiva, la presión se reduce y el hecho de no encontrar a sus crías no resulta letal para ellos mismos. Aún así, una falta de dedicación afectaría mucho el éxito reproductivo de la madre, y sus despreocupados genes se perderían en las siguientes generaciones. Según Insley, este es un ejemplo de cómo se modifica la presión de selección según el estadío de desarrollo y cómo puede cuantificarse.
ola
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