Cómo la voz permite a las madres encontrar a sus crías entre millones.
Los mamíferos marinos son animales fascinantes. Sólo basta con darnos cuenta de que sus antepasados terrestres tuvieron la osadía de retornar al mar y arreglárselas para sobrevivir allí, con pulmones y sin escamas.
Actualmente en los océanos nos podemos topar con dos grandes grupos: los cetáceos (ballenas, delfines y similares, a veces confundidos con peces), y los pinnípedos (focas, morsas, lobos marinos y compañía) que alternan la vida acuática con la terrestre sin mayores dificultades.
Otro error común es llamar a todos los pinnípedos “focas”. Es cierto que los individuos de todas las especies tienen esos cuerpos característicos con forma de torpedo, cuatro patas palmeadas como si fueran aletas y ojos de perrito. Pero un buen observador puede distinguir tres familias: los otáridos, las morsas y los fócidos.
Las morsas parecerían ser las más fáciles de reconocer: largos colmillos, grueso bigote y piel rosada. En cambio, los fócidos y los otáridos difieren en sus pabellones auditivos. Los otáridos tienen orejas pequeñas y rudimentarias y las focas directamente no tienen orejas (por eso las focas no usan lentes).
Los otáridos se desplazan por tierra con el cuerpo elevado del suelo gracias a sus cuatro fuertes aletas “todoterreno”, que funcionan también como patas. Las focas, en cambio, reptan. Pero en el agua es otro cantar: aunque los otáridos se mueven bastante bien, las focas nadan como los delfines.
En la familia de los otáridos, resuenan nombres conocidos como los lobos, leones y osos marinos. Uno de los más estudiados es el oso marino (Callorhinus ursinus). Tal vez por su hábitat primermundista en las islas Pribilof en Alaska, una reserva bajo protección del gobierno de Estados Unidos desde 1957.
Los osos marinos se visten con un pelaje abundante y sedoso muy apreciado. El macho alcanza la madurez sexual a los siete años de edad y la hembra, a los tres años. Estos machos de dos metros de largo y 250 kilos de peso, son polígamos y sus harenes pueden llegar a reunir cuarenta hembras de cincuenta kilos cada una (no hagan la cuenta, son dos toneladas). Actualmente, la población de osos marinos de las islas Pribilof alcanzan los dos millones de ejemplares.
Aunque las madres de todas las especies de pinnípedos dan a luz a sus crías en un hábitat terrestre, su comportamiento durante la lactancia difiere entre las dos familias mayoritarias.
Mientras que los fócidos ayunan durante un corto pero intenso período, los otáridos prolongan la etapa de lactancia separándose de la cría durante días para alimentarse en el mar con una dieta de peces y moluscos.
Para el oso marino, el período de dependencia de la cría dura cuatro meses. Por lo que las madres suelen ir de pesca con cierta regularidad. Cuando regresan a la colonia deben encontrar a sus crías. ¿Cómo pueden reconocerlas entre tantas otras?
Según SJ Insley, el oso marino posee una capacidad de reconocimiento vocal bien desarrollada. De esta forma, a los gritos, se hace posible un encuentro entre la madre y su cría dentro de las extensas y densas poblaciones.
Esta habilidad no se pierde luego de la etapa de cría. Insley también demostró que, tanto la madre como la cría, son capaces de retener estos recuerdos hasta por cuatro años. Este es el primer caso comprobado entre mamíferos no humanos. Sólo existe otro ejemplo de reconocimiento a largo plazo. Las aves cantoras macho (Wilsonia atrina) reconocen y retienen la canción de su vecino durante ocho meses.
Sin embargo, se sospecha que muchas otras especies podrían poseer esta habilidad y que sería muy importante para las asociaciones entre individuos a lo largo de los años. Pero hay que tener en cuenta que durante la evolución de cada población de cada especie, se soportan distintos tipos de presiones que convierten a los rasgos físicos o de comportamiento en ventajosos, neutros o desventajosos.
En el caso de los osos marinos, que se separan por largos períodos de tiempo, resulta imprescindible para la cría poder reconocer y distinguir a la madre propia de las ajenas. ¿Y la habilidad de las madres?
En un estudio más reciente, Insley descubrió que si bien el reconocimiento es mutuo, también es dispar. Utilizando experimentos con voces grabadas, encontró que las crías gastan más energía que las madres en el proceso de reunión y responden con mayor frecuencia pero cometiendo más errores (lo que Insley llama falsas alarmas).
Insley sostiene que se puede aplicar la teoría del “progenitor-cría” y que es de esperar que la cría ponga más empeño en la búsqueda porque saldría más perjudicada si no encuentra a su madre. También le pareció coherente con la teoría que las crías cometieran más errores, es decir, que contestasen los llamados de otras hembras y se dirigiesen en esa dirección.
Una vez alcanzada la edad reproductiva, la presión se reduce y el hecho de no encontrar a sus crías no resulta letal para ellos mismos. Aún así, una falta de dedicación afectaría mucho el éxito reproductivo de la madre, y sus despreocupados genes se perderían en las siguientes generaciones. Según Insley, este es un ejemplo de cómo se modifica la presión de selección según el estadío de desarrollo y cómo puede cuantificarse.
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