Recibes lo que das, sea bueno o malo.
¿Cuánto estás dispuesto a aportar para tener un buen día? ¿Te has hecho alguna vez esta pregunta? Si eres una de las miles de personas que utilizan el transporte público a diario lo debes de saber, si no te lo platico.
Uno de los momentos más difíciles del día es extrañamente el regreso a casa. Si bien es grandioso regresar con tu familia, el camino no te lo hace fácil. Te encuentras dentro de una camioneta con asientos divididos en un mayor número del que debiera. Algunas de las personas despiden olores normales después de una larga y dura jornada de trabajo. Los conductores más parecen corredores de carreras, disputándose cada pasajero sin importar la integridad de los que ya estamos abordo.
Es difícil lidiar con el cansancio, el viaje es incómodo, quisieras desaparecer la gente con la mirada, quisieras no tener que ver sus rostros, esos que dicen más que mil palabras. Rostros cansados de viajar diariamente a romperse el alma en una empresa por un sueldo apenas suficiente para poder subsistir.
El trafico alarga aun más el viaje y lo vuelve más tedioso, la puerta se abre y sube una mujer visiblemente de escasos recursos, trae consigo dos pequeños, uno de brazos. Ambos coinciden en algo, sus cuerpos desnutridos, y sus miradas hambrientas.
El más pequeño comienza a llorar, gritos horribles que retumban en los oídos de todos y cada uno de los pasajeros, lo puedo ver en sus expresiones. Te preguntas ¿Por qué tenía que subir en la misma camioneta que yo?, míralos, ni siquiera son lindos. ¿Lindos?, espera un poco, ¿Cuándo me volví un idiota?, ¿desde cuándo la gente debe ser linda para ser aceptada?
El mal humor es general, solo es cuestión de tiempo para que alguien estalle en nervios. Pero es aquí donde todo cambia, donde existe aun esperanza. Una joven busca dentro de su bolsa, extiende su mano hacia la madre desesperada y dándole un mazapán le dice “debe tener hambre, tome”. La mujer divide el dulce y lo reparte entre sus hijos.
Cuadras más adelante la joven desea bajar, pero las calles están inundadas por la fuerte tormenta apenas caída, aun y cuando el conductor intenta acercarse a un lugar seco, es imposible. De pronto un hombre cerca de la puerta baja un pie introduciéndolo en el agua y le pide a la chica se deje ayudar a pasar. La gente abordo, incluyéndome no lo podemos creer. Al observar los pies de aquel hombre, están completamente mojados.
Llega el turno en bajar de él, con voz apenada pregunta al conductor si cuenta con cambio para poder recibir un billete de alta denominación. No dando tiempo siquiera de contestar, otro de los pasajeros le pide no preocuparse por eso, al mismo tiempo que rasca entre sus bolsillos para completar su cambio.
Son raros estos tipos de viaje, pero lo mejor de esto lo descubrí al llegar a casa. Mi familia noto mi buen humor. Es fácil establecer propósitos, de entrada te hacen sentir bien, lo difícil es llevarlos a cabo. Son los pequeños detalles los que hacen la diferencia, y entre menos planeados sean más satisfacción te dejan. Esto no garantiza que los favores que brindes te sean pagados, nadie tiene esa obligación, pero si te hace más humano el no tratar de tapar tus ojos cuando algo no te gusta.
Sea cual sea la forma en que viajas te deseo un lindo día y un mejor regreso a casa.