El temor pierde la batalla cuando el amor lo enfrenta.
Habían llegado al final de la semana sin entender bien cómo el polvo había enterrado las casas. Sólo el viejo herrero miraba perdido, sentado a orillas del mar, mientras las gaviotas iban y venían de los barcos pesqueros, anclados por temor a la borrasca.
Domingo gris, el viento empujando la tormenta, empedrado mojado y resbaloso. Gente cubierta con pesados abrigos caminando presurosa a la misa de diez, cómo mandaba el precepto.
Tomados de la mano, abrazados sus cuerpos para afrontar el frío, ellos en cambio se alejaban del pueblo por calles ocultas a los ojos de sus paisanos, conscientes de su segura condena.
Habían pecado, el Maligno los había atrapado y no había retorno ni perdón. La imagen que en el templo mostraba el severo ojo de Dios dentro de en un triángulo, infundía en sus conciencias el temor a los horrendos reproches y penurias.
Eran tiempos de oscuridad, de un Dios represor, justiciero, que agitaba su brazo blandiendo el castigo sin piedad para el miserable impenitente.
El talle de ella pronto denunciaría la impudicia. Con pasos vacilantes avanzaban hacia el agitado mar que los liberaría del oprobio, ocultando su vergüenza bajo aguas procelosas, entrada funesta a una eternidad compartida.
El rayo los estremeció sintiendo que se abatía sobre ellos la furia de los cielos por intentar añadir un nuevo pecado a su falta. El bosque, que había sido abrigo de su consentida tentación, sería entonces amparo y auxilio para que no les alcanzara el escándalo.
Mojados de escarcha sus calzados, ateridos sus pies, rotos sus vestidos y lastimados sus brazos por la maleza, sentían que expiaban de ese modo su caída, purificaban su impiedad.
La bruma que se levantaba del suelo todo lo envolvía, un tibio rayo de sol se filtraba entre el follaje. El anciano de barba blanca, parecido al Dios de sus altares, los miraba bondadoso con los brazos extendidos en mística señal de amistad. Se acercó y puso sus manos sobre la cabeza de ella. En lo alto resonó la voz que escucharon sus corazones. “En nombre del Amor bendigo la vida que llevas en tu vientre”.
Interesante relato. Sigue así amigo mío.
haaaaa!!!! me gustan los cuentos con final feliz!!!