De mi viaje por Labana…
Regresé a la parte vieja, pasé por el Hotel Inglaterra y fue como dejar la ciudad fuera y sumergirse en otro mundo, en el glamour estilo Venecia. Salí del glamour y doblé en la esquina, de pronto vi cada vez más rostros melancólicos pero aferrados a la alegría y energía que les fluye por las venas, esa calle me recordó un poco a mi México, los puestos en la calle, el paso veloz de la gente, pude comprar algo de comida con pesos nacionales, no entiendo por qué otro sistema monetario para turistas, que discriminación. De pronto encuentro otra contradicción en medio de todo: dos grandes tiendas de ropa deportiva, americanas y con una fila de más de veinte personas esperando su turno para entrar. La ciudad sigue resistiéndose a ser antagónico de esta historia, no quiere ser mejor ni diferente, ni ser la que lucha contra el capitalismo, simplemente la ciudad aspira ser como las demás, sin esta barrera que la dejó en otra época y en otra dimensión.
Sigo caminando calles abajo, encuentro viejas glorias de la ciudad como Floridita y la B del M, restos del pasado que le gusta ver a la gente glorificado, ese paso de antes de la revolución que idealizan y sueñan volverá. De pronto muchos turistas a mi alrededor, europeos, latinos y me aferré a no ser una de ellos. En esta ciudad ser turista para mí no es un orgullo. Los turistas comunes no pueden entender esta ciudad y de pronto todos lavan sus culpas sintiendo que ayudan a la gente que lo pide, terminan en acciones ridículas aventando dulces, siendo tan caritativos, como si eso terminara los problemas o salvara a la ciudad.
Pensé un poco en mí y mis demonios, en mi México donde la gente también te pide ayuda a gritos y los demás hacemos como que no escuchamos. Y volvió a mi mente el tema mi vocación, economía, la pobreza, la ignorancia, ¿qué haré? Aún no veo clara la luz en este sentido, sin embargo seguiré con el afán bien firme. Hoy día lo que puedo hacer es seguirme preparando para ese momento, intelectual y emocionalmente, ser una persona impecable por sus acciones y decisiones que se abra puertas al pasar por las vidas de los otros.
La ciudad mágica abrió puertas en mi interior, abrió posibilidades en mi mente. No son las calles, ni los autos, ni edificios, ni el clima, ni la gente. Es la mezcla de todo: los rostros alegres, los edificios congelados en el tiempo, las contradicciones del socialismo llevado al extremo, el grito hacia el cambio.
La ciudad fue mágica porque igual que yo le grita al cambio y el cambio se diluye en el mar y no alcanza a llegar. No alcanzo a concretar y todos son ideas, todo es bruma, deseos, ansias, análisis…pero me falta el valor para cambiar. A diferencia de la ciudad mágica hoy tengo el valor de decir que es hora de concretar y cambiar.