Cómo de a poco me convencieron de la profundidad que habita en su espíritu.
Revisando canales de televisión en donde pasan películas viejas argentinas, descubrí (con cierto estupor primero y con cierta incertidumbre después) como las famosas y hermosas mujeres que habitaron este maravilloso suelo por décadas y quitaron e invadieron el sueño de todos los hombres; fueron saltando de la pantalla chica, grande, de las pasarelas, de los teatros de revistas y marquesinas; al mundo de la publicación de libros con poemitas o simplemente rimas, a opinar de política (y ser escuchadas por una gran franja dela sociedad), a discernir sobre las dictaduras Argentinas y Latinoamericanas, a postularse como candidatas, marcar líneas de pensamiento, a poner en discusión la pena de muerte y la baja en la edad de imputabilidad de los menores.
Al principio me enojaba todo esto, y lo atribuía a la intoxicación con alguna clase de botox o silicona. Después creí que este enojo pasaba porque me sentía invadido en lo más profundo y bajo de mis instintos, aquellas mujeres que estabban hechas solo para admirarlas en calendarios o revistas intentaban marcar una líne de pensamiento… nada más deserotisante (si se me permite el término).
Con el tiempo llegue a comprender el derecho que tienen estas trabajadoras del “espectáculo” a omitir su opinión como cualquier mortal; pero quienes no tienen su derecho de prender sus micrófonos son los periodistas de todos, absolutamente todos los medios, para exponerlas como representates del pueblo y de lo que la mayoría puede pensar. Porque una cosa es envidiar su vida de fama, belleza y vaya a saber cuantas cosas más y otra exponerlas como íconos de la realidad en la que estamos sumergidos.
Demás está decir que muero por más de una de ellas, aunque cruzarlas un día por la calle y que empiezen a hablarme de la inseguridad, de que la plata no alcanza, del dengue, de política, etc, etc, sería la más grande decepción. Para eso está mi mujer o no?