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Día del padre

Breve concepto sobre la paternidad responsable.

Es posible que los vegetales tengan estremecimientos. Quizá cuando la planta da su primer fruto, las raíces empujan la tierra de su contorno, el tallo tiembla, las hojas abrirían sus estomas y aspirarían con vigor el bióxido de carbono. Las madres del reino animal de seguro experimentan gozos análogos cuando alumbran.

No se sabe de inquietudes en el insecto ni en el pájaro que fecundan al vegetal. Son rarísimos los casos de animales machos irracionales en los que se aprecia emotividad a la hora del parto de la hembra. En cambio, para enorme cantidad de hombres vale la “paternidad responsable”. Tal vez para ellos el comercio aplaude el “Día del padre”.

La “paternidad responsable” comenzaría por el acogimiento de la criatura como propia. Porque a veces hay dudas. Nuestros antepasados chibchas prehispánicos para la sucesión del trono preferían al hijo mayor de la hermana del rey que al propio hijo del rey. Habiendo estado el rey y su hermana en el mismo vientre, la mayor certeza de consanguinidad la daba ese hecho. Ni soñar entonces con pruebas de ADN.

Admitido el hecho paterno, el hombre goza de varios placeres: contempla el abultamiento paulatino de la barriga donde fructifica la semilla con tanto deleite suelta. Y al irrumpir el nuevo ser, niña o niño, ese padre se pondrá como unas castañuelas. Vendrá luego el encanto de admirar etapas iniciales de crecimiento. Eso lo humaniza pues conoce otro amor. Puro amor que se preocupa por bienestar y apoyo para el hijo. Por ese genuino amor es que recibe con agrado regalos con frecuencia inútiles.

Por lo demás, un padre debería ser, como lo fue durante milenios, el sembrador. Los extremos de liberación femenina en los últimos años chocan a hombres del siglo anterior. Para nuestra generación varonil habría sido insoportable y hasta risible oír expresiones actuales como algunas de la televisión: “Estamos embarazados”.

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