La explicación técnica de por qué uno puede ser denunciado en Italia por asociación mafiosa tan fácilmente como cuando se cocina un plato de pasta.
Claramente, en cada país las asociaciones ‘mafiosas’ tienen diferentes matices y diferentes manifestaciones. Los maras en Centroamérica que han formado casi una secta que se autoproteje, los narcos en México que asesinan a quienes se interpongan en su camino, la masonería francesa que forma cotos políticos y económicos de poder, las guerrillas del Congo, los grupos de industriales rusos que son grandes arquitectos de monopolios y monopsonios, las Cámaras de Comercio japonesas que discriminan salvajemente a quienes son miembros y a quienes no, y un largo etcétera.
Vea a su alrededor. Vea la competencia encarnizada de las empresas para obtener su propio beneficio. Vea a sus vecinos: ¿acaso cree que no estarían dispuestos a cometer un delito si ven peligrar su integridad como grupo? Vea a todos sus amigos que presumen sus influencias en tal o cual entidad del gobierno. Vea a todos esos que se sienten intocables y no les importaría pisar a quien fuera. ¿Acaso el Derecho puede regular esa actividad? Esa actividad que traduce de modo tan perfecto aquella frase que el “hombre es el lobo del hombre”.
¿Es que el Derecho ha sido desbordado por la misma naturaleza de “lo humano”?
O es que, ¿acaso un párrafo puede regular la supervivencia de unos contra otros?
¿Acaso un párrafo como ese puede delimitar el arte de negociar con el más débil?
¿Acaso un párrafo como ese puede frenar el deseo y la ambición del hombre?
Yo no lo creo. Antes bien, creo que un párrafo como ese ayuda a formalizar y legalizar tal ambición, sin tener que trastocar su esencia.